Dos veces Miranda (En El juego de la intriga, Espasa Calpe, Madrid, 1997, pp. 17-73. Relato publicado por entregas en el diario El Mundo en el verano de 1996).

Primer capítulo: Yo valgo por dos Mirandas.

Ninguna gana de hacer lo poco que hay que hacer, tráfico escaso y gente sudorosa, tensión baja, así es la tercera semana de julio en Madrid. Y luego, si es año bisiesto, Olimpiadas a todas horas, medallitas por aquí y medallitas por acá. Miranda estaba hasta el gorro de las Olimpiadas, del verano, de la gente que llamaba al timbre y pedía dinero para los minusválidos o para luchar contra la droga. Miranda estaba hasta el gorro de casi todo, pero no de que Induráin ganara el Tour. Miranda quería que Induráin ganara su sexto Tour.

El negocio marchaba mal tirando a peor, y por eso Miranda se había quedado sin vacaciones. Decisión propia, ya que su único jefe era él, pero aconsejada por las circunstancias. Y Cruzma en la playa.

Sonó el teléfono. Miranda deseó que fuera un posible cliente, y, también, que no fuera Cruzma.

-Miranda y Miranda, Detectives Asociados.

-Huy, qué serio te pones, soy yo, cariño.

-Hola, Cruzma -Miranda abandonó el tono profesional, y recuperó el que le salía de dentro sin esfuerzo, sin fingir, cansino, resignado.

Miró la fotografía enmarcada que reposaba en su escritorio de una sonriente Cruzma cinco años más joven que ahora.

-¿Sigue haciendo tanto calor?

-Sigue.

-Entonces no me importa tanto que me hayas despedido, cariño. Mira que despedirme, cómo eres.

-No te he despedido, Cruzma, solamente he recortado gastos. Ya sabes cuál es la situación, en lo que va de año...

-...ingresos, 546.000, gastos, 1.213.555, estamos viviendo...

-...de los ahorros que dejó mi suegra, los dos nos lo sabemos de memoria, entonces, ¿para qué discutir?

-¿Tu suegra? Di más bien mi madre, que no la podrás llamar suegra con pleno derecho hasta que nos casemos. Y además, sigo sin entenderlo, yo podría seguir allí, en la ofi, de secretaria, como toda la vida, y sin cobrar durante la crisis, porque... Si tú y yo vivimos juntos, con gastos compartidos, ¿qué más da, eh? ¿Qué nos ahorramos no pagándonos a nosotros mismos?

En cierto modo, Cruzma tenía razón. Pero es que así, quizá, se pondría las pilas para buscarse otro empleo. En cambio, ahí, en la oficina, con él, se apalancaba. Y si no había trabajo para él, ¿cómo mantener una secretaria? Si al menos fuera una de esas secretarias con las que uno sueña... Pero no, Cruzma era una secretaria anodina, regordeta, ni bien ni mal, del montón. La aplastante realidad hecha secretaria, vamos.

-Seamos razonables, Cruzma -argumentó Miranda, con paciencia-. En una agencia de detectives en crisis, lo lógico es despedir antes a la secretaria que al detective, ¿no? Si fuera una agencia de secretarias, lo lógico sería despedir al detective antes que a las secretarias, ¿no?

-Tú siempre con tus lógicas -se enfurruñó Cruzma-. Al final siempre me llevas al huerto.

Por un momento, Miranda deseó estar junto a su ex secretaria, abrazar su cuerpo mullido, acariciar sus chichitas, besar sus labios. Pero fue sólo por un momento, hacía demasiado calor como para alargar los deseos. Mariposas, pensó Miranda, atontado. Mariposas de corta vida, eso es lo que son los deseos con este calorazo de espanto. Sintió un cosquilleo en la nariz, y supo que iba a estornudar. La cafetería de abajo tenía aire acondicionado, su oficina, no. Su coche tenía aire acondicionado, la calle, no. Y eso era lo que tenía el verano: ibas de un lado a otro, de aquí para allá, del fresco al calor, y acababas estornudando.

-Jesús...

Miranda estornudó un instante después, y durante otro instante pensó vagamente que entre él y Cruzma había una relación estrecha, íntima, perfecta, de vasos comunicantes. Pero inmediatamente recordó que se llamaba Jesús.

-Qué...

-¿Me quieres todavía?

-Claro que sí.

-Un beso, Jesús.

-Otro para ti, cielo.

Miranda colgó. Eran las dos menos cinco, hora de ir echando el cierre. Esa llamada había sido toda la actividad registrada en la oficina aquella mañana. Había leído y releído el Marca hasta la saciedad. Mañana compraré también el As, pensó, mientras se ponía la chaqueta. Alguien golpeó la puerta, sin rudeza, pero también sin timidez. Miranda se quitó inmediatamente la chaqueta, vistió con ella la silla, y descolgó el teléfono.

-Adelante -rugió.

Y se dio la vuelta. Escuchó unos pasos que se aproximaban, y echó un vistazo de refilón, lo justo para ver unos zapatos negros y caros, que pisaban firmes, decididos.

-Ya conoce usted mis honorarios -dijo Miranda, hablando al vacío-, y también mi eficacia. Si no quiere usted que le haga un descuento en mi eficacia, no me pida que se lo haga en mis honorarios.

Miranda colgó, y se enfrentó por primera vez al recién llegado. Era un individuo alto, fuerte, elegantemente trajeado, de unos cuarenta años, con un anillo de oro en el anular de la mano izquierda y una insultante seguridad en sí mismo. Una sombra de barba perfectamente rasurada oscurecía aún más su rostro agradablemente tostado. Olía a colonia y a dinero. No había pasado ni un segundo y Miranda ya le tenía manía.

-Tome asiento -dijo el detective-. Usted dirá.

-Miranda y Miranda -dijo el desconocido, rehusando sentarse tras echar una fría mirada a la silla-. ¿Dónde está el otro Miranda?

-No hay otro Miranda -contestó Miranda-. Yo valgo por dos Mirandas.

El hombre se fijó en la fotografía de Cruzma.

-¿Su secretaria? -preguntó, indiferente, o puede que irónico.

-Mi parienta -respondió Miranda, sin orgullo.

-¿Su ex secretaria?

-Sí -admitió el detective, desviando la vista. Tardó un par de segundos en volver a enfrentar la mirada del desconocido-. Pero no sé qué le importa eso a usted. Porque me imagino que a usted le habrán traído aquí otros asuntos, quizá más relacionados con usted mismo que conmigo.

A Miranda le jodía todo de aquel sujeto: que fuera tan guapo, que fuera tan bien vestido, que sonriera tanto y que fuera tan chuleta.

El hombre hizo como si no le hubiera oído. Miraba el despacho, registrando los más mínimos detalles, y a la vez, haciéndose una idea general. Miranda tuvo la sensación de que era un hombre que veía los árboles y el bosque a un tiempo, y también eso le incomodó, pues aumentaba esa sensación de inferioridad que le había invadido desde un principio. Por un momento le juzgó, incluso, peligroso. El tipo sacó un pañuelo blanco, inmaculado, seguro que con sus iniciales bordadas a mano, pensó Miranda, rencoroso, y se lo pasó por la frente.

-Qué calor -murmuró-. ¿No tiene aire acondicionado?

Miranda pasó por alto la pregunta. No le apetecía mentir, decir, por ejemplo, que se había averiado ayer, y tampoco decir la verdad, que el aire llevaba un año estropeado, y que a lo mejor se pasaba así otros dos.

-Entran ganas de poner cuernos -dijo Miranda, y nada más decirlo, se arrepintió. ¿A qué venía aquella estúpida confesión? Era el pensamiento que había estado incubando inconscientemente aquella mañana, sin tomar forma, y lo soltaba así, en voz alta. Echa el freno, Jesús Miranda Echagüe, que te quedas sin cliente.

El hombre se volvió con estudiada lentitud y precisión, como si fuera un mecanismo, y clavó en Miranda su mirada de Black & Decker.

-Veo que es usted el hombre que necesito, Miranda y Miranda, veo que he hecho una buena elección. Necesito un hombre sagaz, y precisamente de eso se trata, de cuernos.

Miranda respiró, feliz, doblemente feliz: primero, porque iba a salirle un trabajo. Y segundo, porque a aquel chuloputas se los ponían bien puestos. Cruzma era gordita, sí, parecía una secretaria de segunda, de acuerdo, pero él la quería, y ella no le era infiel.

-Yo sé su nombre, Miranda y Miranda, pero usted no necesita saber el mío. Me ausento una semana. Creo que mi mujer me engaña. Ella se queda aquí. Será una oportunidad inmejorable para comprobar si me la pega o si son imaginaciones mías.

-No hay dios que entienda a las mujeres -dijo Miranda, gozando, paladeando cada palabra-. ¿Cómo es posible que una mujer engañe a un tipo tan cojonudo como usted?

El hombre le miró sin mover un solo músculo de la cara, y el detective sintió que un escalofrío descendía por su espina dorsal.

-Cosas más raras habrá visto en su profesión -dijo, en un tono mucho más bajo que el empleado hasta entonces, veladamente amenazador-. Yo también en la mía, pero no me pregunte cuál es.

-¿Quiere fotografías?

-Claro que quiero fotografías -dijo el hombre, recobrando su tono de voz habitual-. Es por esas fotografías por lo que voy a pagarle, no por su testimonio.

-¿Y cuánto va a pagarme?

-Trescientas mil ahora -el hombre sacó un fajo de billetes nuevos y lo dejó sobre la mesa-, y otro tanto después. Nada de cheques ni de facturas, yo no existo, Miranda y Miranda.

Aquello de Miranda y Miranda empezaba a hincharle las pelotas, pero eso es lo que tiene la vida, cuando se está necesitado: que hay que tragar mucha mierda.

-Gastos aparte. Con recibos -añadió intencionadamente, y Miranda se mosqueó una vez más, y una vez más echó el freno-. No es que desconfíe, pero...

-Hay algo que no me gusta -dijo el detective-. Tampoco es que yo desconfíe, por supuesto, pero... Si no sé nada de usted, ¿qué me garantiza que, una vez hecho mi trabajo, vaya a cobrar el segundo plazo? No sería usted el primero en evaporarse, y menos con este calor...

-No le falta razón, Miranda y Miranda. Me gusta usted. Pero tendrá que fiarse. Yo tampoco tengo la seguridad de que estas trescientas me vayan a servir de algo. Ésta es la mujer.

El hombre sacó una fotografía, sin molestarse en mirarla, y la dejó al lado de la de Cruzma. Poner ambas fotografías juntas era un insulto. Un insulto para Cruzma, claro. La mujer del chuloputas era una belleza. Debía de rondar los treinta muy bien llevados, lucía un cuerpo espléndido, un bronceado uniforme y nada exagerado, y sonreía con naturalidad, satisfecha de sí misma, de su belleza y del efecto que causaba en hombres y mujeres. Miranda, instintivamente, miró la fotografía de Cruzma sonriente. Parecía un conejo.

-No está mal -racaneó Miranda.

El hombre se sorprendió, y le miró interrogante, pero sólo por un segundo. Inmediatamente cogió la fotografía, y se la guardó.

-Lo siento -se disculpó-. Ésa era mi hermana. Mi mujer es esta otra.

El hombre le tendió una segunda fotografía, y el detective contuvo la respiración. Si poner al lado de la de Cruzma la de la hermana era un insulto para Cruzma, ahora Miranda pensaba que poner la de la mujer al lado de la de la hermana sería un insulto para la hermana.

Era una chica de unos veinticinco años, morena, muy delgada, de ojos verdes. Llevaba un vestido negro, ceñido, que marcaba sus formas, pronunciadamente femeninas pese a su delgadez, y que dejaba al aire hombros y brazos, unos brazos exquisitos, delineados. Sostenía en la mano un vaso que contenía un líquido rojo, sangría, o tal vez un bloody Mary. En su mirada, felina, había un punto de extravío, o de invitación a la locura. O tal vez ese efecto lo produjera lo erguida y tiesa que estaba, todos sus músculos en tensión.

-Se llama Paula Salinas. Vive en Antonio Maura esquina con Alfonso XII -apuntó la dirección exacta, y le entregó la nota-. Hay una cafetería desde la que se ve su terraza. Ella baja allí de vez en cuando.

Qué casualidad, pensó el detective. Esa cafetería era una a la que él solía ir, aunque nunca había visto a la chica. Ni siquiera tendría que cambiar de costumbres, menudo chollo de curro.

-Su trabajo empieza cuando yo salga por esa puerta. Dentro de una semana, vendré aquí. Si tiene las fotos, tendrá otro tanto, y una gratificación. Ah, y por mi economía no sufra. Lo que voy a pagarle no es nada comparado con lo que voy a ahorrarme en el divorcio con esas fotos.

El hombre alargó la mano, y Miranda la estrechó. Ambos se esforzaron en demostrar que eran fuertes, y que podían sonreír mientras lo eran.

-Hasta el lunes, Miranda y Miranda.

-Hasta el lunes, señor X.

El hombre abandonó la oficina.

El detective contó el dinero, y se quedó mirando la fotografía de Paula Salinas.

De chaval, habían estado a punto de lincharle por seguir a la mujer de un taxista durante tres horas, una gordita cuyo máximo encanto era no llevar sostén. Y ahora, le pagaban por espiar a semejante bombón. Por primera vez en años, Miranda pensó que no había equivocado la profesión.