Abandonados (V Premio de Relatos "21 de marzo").

El 18 de marzo de 2014 un jurado compuesto por Milagros Frías, Luis Mateo Díez, José María Merino y Luis Alberto de Cuenca concedió, por unanimidad, el Premio de Relatos "21 de marzo", convocado por el Ayuntamiento de Tres Cantos, a este relato. El tema propuesto en las bases del concurso era "Animales".

 
 

Abandonados.

 

Habían aprovechado el fin de semana largo para visitar a unos amigos en Burgos y consolarles de alguna manera o, al menos, mostrarles su cariño. Uno de sus hijos, el mayor, había muerto inesperadamente dos meses antes. Los suyos ya hacían sus propios planes.

Él conducía a la máxima velocidad permitida, mientras escuchaban música clásica. Calculaban que dentro de una hora ya estarían en su casa.

Les he encontrado bastante más animados –dijo ella.

Sí.

Le asaltó la duda de si aquel comentario escondía algún tipo de reproche, como si no tuvieran derecho a ir recuperándose tan pronto de aquella desgracia. Recurrió a un lugar común para justificar a sus amigos.

–Seguramente la procesión va por dentro.

–Cuidado, ve frenando.

El coche que circulaba delante, a unos setenta metros, había puesto los cuatro intermitentes. Tardó un segundo en reaccionar. Frenó al principio suavemente, y luego lo tuvo que hacer a fondo. Rechinaron los frenos, estuvo a punto de perder el control del vehículo, tuvo miedo por un instante y se quedó a escasos centímetros del coche que le precedía. El corazón le latía aceleradamente. Su mujer le miró furiosa, pero él prefirió no darse por aludido.

Esto sí que no me lo esperaba –se lamentó.

Habían salido a media mañana, pensando que se librarían de los atascos. Perder el tiempo encerrado en un coche le ponía de muy mal humor.

Es muy raro –continuó él–. A estas horas, por mucha fiesta que haya habido…

Miró el cartel azul que anunciaba la siguiente salida. Se hallaban a setenta y nueve kilómetros de Madrid, y completamente parados. Estuvieron así durante dos largos minutos, ella reconcentrada, escuchando la música, él procurando dominar el enojo que le producía la retención. De pronto, vieron a lo lejos un perro que trotaba por el arcén en sentido contrario al de los coches.

¡Ay, pobre! Le van a pillar.

La imagen tenía algo de onírico. El tráfico detenido, y el perro, un perro grande, blanco con manchas negras, trotando alegremente, casi corriendo, con la cabeza ladeada, como si estuviera pasando revista al ejército de automóviles. Se trataba de un dálmata. No entendía mucho de perros, pero la película de Walt Disney, que había visto en su infancia, y que había vuelto a ver varias veces en la de sus hijos, hacía que todo el mundo conociera esa raza.

Mira, tiene collar.

No creo que haya dálmatas sin collar.

Siguieron mirándolo, como hipnotizados. El perro avanzaba por el arcén sin detenerse, ajeno al peligro que corría. Esbelto, fuerte, lleno de energía, como si ningún obstáculo pudiera detenerlo, casi parecía ir flotando, tan ágil era. Sería una imagen muy bella, si no hubiera un trasfondo trágico.

Puede que el atasco sea por él. Los conductores reducen, para no atropellarle, o se quedan mirándolo, y…

Pobrecillo, ¿se habrá escapado?

El dálmata pasó cerca, por su derecha, y pronto lo perdieron de vista.

No creo –dijo él–. Seguramente lo han abandonado.

Se produjo un pesado silencio, y él tuvo la oprimente sensación de que había cometido algún tipo de error, como si hubiera acercado una llama a un líquido inflamable. La orden de su mujer, tajante, hostil, confirmó sus temores.

–¡Bájate!

–¿Qué?

Que te bajes –estaba rígida, en tensión, quieta como una estatua-. Ya no te soporto más. Hemos podido matarnos. Bájate ahora, por Dios. No puedo más.

–Pero… ¿A qué viene esto? –se revolvió, inquieto. Tenía la desagradable sensación de que la garganta se le había secado–. Sé razonable, no sé a qué…

Estoy siendo muy razonable –le interrumpió-. Sé conducir y el coche está a mi nombre. Despídete también de él. ¡Vamos! Has vuelto a beber, ¿verdad?

Se sintió culpable, hundido, sin fuerza para replicar.

Está bien. Voy a bajarme… Pero, ¿no crees que estás exagerando la nota?

Hasta entonces ella había estado mirando al frente, evitando que sus ojos se encontraran. Pero ahora le miró fijamente, con un brillo de furia.

¿Te parece poco... esto? –hizo un vago gesto con la mano, que incluía todo lo que les rodeaba, su vida entera–. Y además me han dicho que en la boda de los hijos de Fernando y Raquel te besaste con la zorra de Josefina. Estás fuera de control.

Confundido, vagamente molesto por la grosería, hizo memoria rápidamente.

–-Pero… ¡Por favor! ¿Qué dices? Tú y Josefina llevabais el mismo vestido, uno azul, ¿no te acuerdas de lo mal que te sentó? A mí me hizo gracia, pero a ti… Me habrán visto besándote a ti, y con lo del vestido algún malpensado… ¿Quién te ha metido en la cabeza ese disparate, yo con Josefina?

Déjate de historias, sabes perfectamente que hace años que no nos besamos. Bájate.

Ella empezó a respirar como si le faltara el aire. Le pareció una pesadilla. Se encontraba sin fuerzas para oponer resistencia. Una pesadilla con banda sonora de Brahms. Al fin y al cabo no eran animales, sino gente muy civilizada. Derrotado, abrió la puerta y se bajó. Sorteó los coches parados, asegurándose de que no viniera ninguna moto entre ellos, y llegó al arcén. Podría hacer autostop. En esa retención sería fácil encontrar a alguien que accediera a llevarle. Diría que se le había estropeado el coche, y que no podía esperar a la grúa, que tenía algo urgente que hacer. Recoger a un hijo pequeño en el aeropuerto, por ejemplo. Se volvió. Su esposa ya había ocupado el asiento del conductor y se estaba abrochando el cinturón. A los pocos segundos los automóviles reanudaron la marcha. Vio, aún sin creérselo del todo, cómo su mujer se alejaba. Veinte años de su vida se alejaban.

Miró a los coches que pasaban ante él a moderada velocidad todavía. Estaba a punto de extender el brazo con el pulgar hacia arriba cuando, de pronto, lo comprendió. Se le había grabado aquella imagen del dálmata, que irradiaba optimismo y confianza. Justo lo que él necesitaba.

Comenzó a correr por el arcén, en sentido contrario al del tráfico, a una velocidad constante, como hacía todas las mañanas durante media hora, antes de ducharse. Tenía que empezar una nueva vida.

Y sentía que tenía que hacerlo con el perro que había provocado aquel atasco.