Premio Café Gijón de Novela 2014. Convocado por el Ayuntamiento de Gijón en colaboración con la editorial Siruela y fallado en septiembre de 2014. El jurado, presidido por Rosa Regàs, estuvo compuesto, además, por Mercedes Monmany, José María Guelbenzu, Antonio Colinas y Marcos Giralt Torrente.

NOVELA

El juego sigue sin mí

Siruela, 2015

Ismael recuerda la época en la que, cuando tenía trece años, sus padres contrataron a Rai, un chico cinco años mayor que él, para que le diera clases particulares. Tras una primera sesión poco productiva, establecieron un pacto: el alumno estudiaría por su cuenta y el profesor le hablaría de libros, de películas, de música, de la vida… También de Samuel, un joven que se citó por carta con su exnovia, con la amenaza de que si no se presentaba se suicidaría. Con este punto de partida, Martín Casariego ha escrito una novela de iniciación, una novela sobre el paso de la adolescencia a la madurez; sobre la familia y las nuevas formas de relación entre los jóvenes; sobre la intensidad de una etapa tan decisiva en la vida; sobre el peso de la existencia y cómo aliviarlo. Una historia marcada por las sombras, las dudas y los secretos, en la que la ballena blanca de la que el narrador ha estado huyendo acabará por presentarse inesperadamente años después, cambiándolo todo e impulsándole a replantearse lo que ocurrió.

• «Una emocionante novela de duelos, de secretos, de amores desgraciados, del bello y abrasador mordisco de la vida». (Rosa Montero).

• «Una novela ejemplar, de sencillez solo aparente, que atrapa desde la primera página». (Marcos Giralt).

• «Un libro estupendo, brillante actualización de un género literario eterno: la novela de aprendizaje». (Ignacio Martínez de Pisón).

Visión personal

Hace bastantes años tuve la idea de escribir una historia sobre un chico que amenazaba a su ex novia con suicidarse si no se presentaba a una cita. Como ocurre a menudo, esa novela no se escribió, pero dio pie a El juego sigue sin mí. Esa es la historia que cuenta Rai al narrador, durante sus atípicas clases, y sirve de hilo vertebrador de la narración. Lo de esas lecciones en las que se pierde el tiempo surgió a partir del recuerdo de lo que nos contaba un hermano de las clases que daba a un amigo mío, en las que hablaban de cualquier cosa menos de la asignatura. Y me interesaba como base para contraponer la educación sentimental y la académica, un tema muy característico de las novelas de iniciación. En El juego sigue sin mí, para darle una vuelta más, concebí una doble historia de aprendizaje: la del narrador, en un primer plano, mucho más evidente, y una segunda, subterránea, que el lector descubrirá en algún momento de la lectura, y que tendrá que imaginar en su mayor parte.

Quería reflejar ese momento de la vida en el que creemos poder descubrir su secreto a través de las películas, los libros y, sobre todo, las canciones y las chicas, en el que queremos ser adultos, sin saber exactamente en qué consiste eso ni en cómo se hace, ignorantes de que es simplemente el tiempo el que nos hace mayores, sin que para ello intervenga nuestra voluntad.

El juego sigue sin mí es una novela adulta, pero con protagonistas jóvenes. Creo que sus lectores se pueden mover a ambos lados de esa difusa frontera que existe entre los “jóvenes adultos” y los ya maduros, como los de algunos libros que estaban en mi mente mientras escribía (pienso en Jack Frusciante ha dejado el grupo, El guardián entre el centeno, La ley de la calle, Jaulas o Función en el colegio, sin olvidar Lazarillo de Tormes, Moby Dick, La isla del tesoro, y un largo etcétera). Ya acabada, creo que es un paso más allá de mi novela juvenil más popular, Y decirte alguna estupidez, por ejemplo, te quiero, no tanto por la manera en la que está escrita, sino por el fondo y el trasfondo de lo que se cuenta.

Pero quería hablar, sobre todo, de las heridas y las cicatrices, y de las heridas que no acaban nunca de cicatrizar. De las mías, por supuesto, que se pueden confundir con las de tantos otros. Si lo he conseguido, valió la pena el año y medio que dediqué a escribir El juego sigue sin mí.

Críticas

«Si hubiera duda sobre el género de esta novela de Martín Casariego quedaría disipada en la primera línea: «Se me podría llamar Ismael». La referencia a la gran obra de Melville, la novela de iniciación por antonomasia, nos sitúa desde el principio en un contexto vital y literario en el que el aprendizaje para navegar por las tumultuosas aguas de la adolescencia marcará la acción. Ismael tiene casi catorce años cuando conoce a Rai, un chico cinco años mayor al que contratan sus padres para darle clases particulares. Rápidamente llegan a un acuerdo: el alumno estudiará por su cuenta y el profesor le hablará de libros, música, de la vida, en fin. La obsesión por la muerte de Rai, por su historia familiar, hace que este sea uno de los ejes principales de la novela, por no decir una de las consabidas tres heridas que, ineludiblemente, están abiertas en los protagonistas: el amor, la muerte y la vida. Casariego ha escrito grandes novelas juveniles y conoce bien a sus protagonistas. Las turbulencias de los años previos a la madurez, sus contradicciones, «eso es la adolescencia: dudar entre si estás perdido o si, simplemente, vagas sin rumbo», todo ello sale de su pluma con una autenticidad que impacta. Añade, además, frases que calan en cualquier lector aunque ya se haya enfrentado a su propia ballena blanca. Pero lo mejor de esta novela es el inesperado final que obliga al protagonista a replantearse todo lo vivido y al lector a dar sentido a todo lo leído. Y es que, en definitiva, somos el resultado de lo que perdemos. Así funciona esto de vivir».

Sagrario Fernández-Prieto, La Razón

«Rai instruye a su inocente amigo igual que hace el arponero Queequeg con el joven marino en la famosa aventura del barco ballenero.Y ambas obras comparten un parecido fondo enigmático de la realidad. Con las lecciones recibidas, nuestro Ismael estará preparado para enfrentarse a su propia ballena blanca, es decir, la existencia, aunque no para evitar sus demoledoras embestidas. De este modo, una historia medio cotidiana se impregna de discreto simbolismo. La materia se presta al discurso abstracto, pero lo especulativo tiene, como en los mejores cuentistas medievales, una clara orientación de moral práctica. Sin embargo, Casariego no hace un sermón moralizante sino una entretenida y emotiva novela de aprendizaje».

Santos Sanz Villanueva, El Cultural

«El juego sigue sin mí se ha alzado merecidamente con el Premio Café Gijón. […] Una relación llena de sutilezas y secretos que nos despierta un gran apetito por saber más y más de ella, y que no defrauda hasta llegar a un desenlace cuyas pistas no lo convierten finalmente en menos sorpresivo […] La última propuesta de Martín Casariego se inscribe con brillantez en el atractivo género de la novela de aprendizaje. Su autor dosifica con fluidez los acontecimientos que se van sucediendo y dibuja a la perfección a los personajes, explorando con solidez la personalidad de un adolescente marcada por las contradicciones y las búsquedas muchas veces dispares, que se observa a sí mismo desde un momento en el que ya no lo es, lo que otorga al relato una mayor riqueza. Significativamente, el narrador comienza la historia diciendo: “No voy a revelar mi nombre, porque no importa. Se me podría llamar Ismael”. Y hacia su final confiesa: “Al contrario que el capitán Ahab durante estos años yo no he perseguido a la ballena, sino que más bien la he rehuido”. Vuelta de tuerca a la mítica novela de Herman Melville, Moby Dick, en este nuevo título de Martín Casariego, cuya facilidad de lectura se combina con el sinfín de matices que encierra».

Ángela Pérez, El Imparcial

«La estupenda novela de aprendizaje de Martín Casariego El juego sigue sin mí (Siruela) [es], en mi opinión, uno de los mejores premios Café Gijón de los últimos años».

Manuel Rodríguez Rivero, Babelia-El País, 7-2-2015

«La aportación mayor de esta nueva obra de Martín Casariego reside en que ha dado un sesgo original al género de la novela de aprendizaje, el Bildungsroman, y que ese sesgo tiene que ver con una actualización del modo de enfrentarse al mismo.[…] Podríamos referirnos al Wilhelm Meister goethiano, que crea el género, y a novelas emblemáticas, desde Las tribulaciones del estudiante Törless, de Robert Musil, a El diablo en el cuerpo, de Raymond Radiguet, o El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger, como las enormes antecesoras de esta novela […] La novela iniciática conlleva siempre una visión luminosa de la vida y aquí la luz triunfa sobre la oscuridad. Con matices, claro; multitud de ellos. Pero la iluminación es el resultado final. Ya dije, narración muy armónica, a lo que contribuye la enorme sencillez del estilo. Una sencillez aparente, pues da lugar al logro de contar grandes cosas».

Juan Ángel Juristo, ABC Cultural

«La novela destila humanidad y cultura, también un afán de dejarnos pensativos ante ese esa forma de transmitir el saber, la más bella, la que debe dejar un profesor a un alumno, la naturalidad del dar a conocer lo que sabes sin que haya en ello impostura, engreimiento o vanidad. Solo así, y así lo creo, el saber llega, cala, se hace nuestro, como llegan a nuestra vida los grandes libros, los que homenajea aquí un hombre de letras, enamorado de la literatura, Martín Casariego, en esta gran novela que ha sido Premio Café Gijón y que ahora edita Siruela de forma impecable».

Pedro García Cueto, FronteraD

«Con el título de El juego sigue sin mí, el escritor madrileño Martín Casariego nos ofrece una reveladora historia sobre la importancia del aprendizaje como eje esencial en la vida, como motor para mejorar lo que somos y lograr, gracias a lo aprendido, una forma de ser ante la existencia […] Gran novela de Martín Casariego, llena de luz y de amor por el saber».

Pedro García Cueto, El Heraldo

«El narrador Martín Casariego (Madrid, 1962) nos tiene acostumbrados a lo largo de una ya dilatada obra a un juego alternativo en su últimas propuestas, una trama de estructura compleja y un verdadero artificio estilístico o una simplicidad engañosa con una linealidad expositiva que nos lleva a seguir el desarrollo de la historia sin apenas dificultad alguna, sostenido todo el conjunto eso sí por una prosa brillante y efectiva que fluye por el relato hasta llevarnos a un final de infinitas posibilidades […] La historia a medida que seguimos leyendo va dejando su simplicidad y se convierte en una elaborada visión sobre ese trascendental paso que supone pasar de la adolescencia a la madurez y la intensidad que se le supone psicológicamente a esta dura etapa de la vida juvenil».

Pedro M. Domene, Literaturas.com

«Las lecciones de Rai tendrán mucho más que ver con lo vital que con lo académico, con las sombras, las dudas y lo incierto de la existencia, que con las materias escolares; y supondrán la verdadera entrada el protagonista en ese estadio tan corto como intenso que es la adolescencia. Ha dicho el jurado del Café Gijón, con mucho criterio,que la sencillez de El juego sigue sin mí es sólo aparente. Ciertamente, la obra de Casariego contiene varios niveles narrativos que le permiten ir cambiando de registro y atrapar a cualquier tipo de lector, como si esta novela, al igual que su protagonista, estuviera en constante cambio y evolución».

Amalia Bulnes, Mercurio

«Ismael (excelente el private joke con un arranque excepcional), Rai, la estela de Samuel componen unos personajes, unos diálogos, unos perfiles y unas andanzas (la tradición del Lazarillo) sumamente eficaces en la arquitectura exquisita de esta poliédrica historia. Se oyen ecos de El guardián entre el centeno, de La ley de la calle, pero lo sugestivo en Casariego es cómo, junto a la voz del narrador y lo que rememora, se encuentra otra historia no oculta ni secreta, pero que tendrá que desvelar el lector, las huellas que ni siquiera el poderoso tiempo puede borrar. «Creía que madurar consistía en ir sabiendo cada vez más respuestas. Ahora me inclino a pensar que es más bien ir convirtiendo las certezas en dudas, desandar el camino». Una novela inteligente, melancólica, que nos recuerda cómo la vida se consume y solo queda la memoria. Excelente».

Fernando R. Lafuente, ABC

«La idea con la que Casariego arrancó era sencilla: chico escribe carta a chica, la invita a una cita y amenaza con suicidarse si ella no comparece. La herida se subsume pero el hecho está en potencia. El resultado es deliciosamente empático con el adolescente que fuimos, al más puro estilo de Proust y su Marcel, Joyce y su artista adolecente, Defoe, Goethe y, especialmente, ese olvidado Hermann Hesse gracias a cuyo Demian creció tanto –o tan poco– mi generación. Se le agradece a Casariego su naturalidad exenta de moralina, la prosa directa y la furiosa verdad de su diálogos. Leyéndole… una desea volver a la adolescencia para descubrir La montaña mágica».

Ángeles López, Librújula

«Uno de los grandes aciertos de Casariego en este libro es, sin duda, su agudeza, su sensibilidad, su oído para detectar y describir ese tipo de admiraciones, de fascinaciones y sentimientos en una personalidad que no está todavía formada. Casariego es capaz de meterse y de meter al lector en la cabeza de un muchacho de catorce años, en sus miedos, sus audacias, sus sensaciones, sus fascinaciones, sus vacilaciones y su búsqueda de un mundo referencial con el que poder identificarse. De este manera, el libro cumple más que sobradamente todas las expectativas del género. A éstas se añade el talento del escritor para plantear una sugerente y original ‘situación literaria’ que engancha nuestra atención y que está técnicamente muy bien resuelta.[…] Y, como pasa con todo aprendizaje de la vida que se tenga por tal, el que vive el protagonista de El juego sigue sin mí también ha de iniciarle en la traición, en el dolor, en la pérdida y en las sorpresas, como la que reserva el desenlace».

Iñaki Ezquerra, El Correo

«Una novela que es una autobiografía, escrita con un dolor acongojante y al mismo tiempo con un pudor y una pureza admirables.[…] Las frecuentes referencias literarias no son un simple homenaje a escritores y músicos, sino una identificación. Si Ismael procede de Moby Dick, Silvia, el imposible amor de Samuel, procede de Leopardi, el poeta de la desoladora soledad. Y, con Leopardi, están todos aquellos que vivieron dolorosamente la vida para buscar alivio en la muerte. La referencia al poeta búlgaro Peiu Yávorov, al Werther de Goethe, a El túnel de Sábato, a Cioran, al Mito de Sísifo de Camus o a Pavese, a Bat out of hell, de Meat Loaf, a The lamb dies down, de Genesis o a Quadrophenia, de los Who, conducen “a un nivel superior, en el que no se encontraba necesariamente la felicidad, pero sí los secretos del mundo adulto” que se le revelan al narrador, para ganar una especial intensidad en la última página de una novela movida por la más intensa autenticidad, y en la que dolor y belleza están íntimamente ligados».

J.A. Masoliver Ródenas, La Vanguardia

«Una novela con potencial de bala directa al corazón, sencilla y compleja al mismo tiempo, ligera e intensa, divertida y trágica sobre el tránsito por una cierta adolescencia en la que muchos se reconocerán. En esa edad –como admirablemente describe Casariego–, algunos hechos y sucesos pasajeros son determinantes, especiales y sobre todo ‘definitivos’..[…] Casariego, en esta novela narrada como si el autor y el lector respirasen al unísono, ha logrado esa misma viveza que se desprende de la novela de Lowery, aunque con mayor naturalidad.[…] Hay muchas cercanías entre las novelas de Lowery y de Casariego y la obra maestra de Salinger El guardián entre el centeno […] No deja de ser paradójico que las buenas novelas sobre la adolescencia y la primera juventud como las tres citadas, contextualizadas muy claramente en un tiempo, una moda, unos gustos y unas referencias muy concretas, a la vez que pobladas de un lenguaje generacional, tengan una vigencia y una perdurabilidad que transciende su momento. Será debido, creo yo, a que tratan el asunto de la mutación, del rito de paso en la edad en que más extraños nos sentimos todos. La novela de Martín Casariego, jugando con su título, «seguirá adelante sin él» por mucho tiempo».

Adolfo García Ortega, El Norte de Castilla

«Martín Casariego nos ha vuelto a regalar un libro intenso. Su literatura es intensa, como la vida misma. Casariego nos muestra los cambios de uno a otro estado de una forma magistral. España necesitaba una novela de iniciación al estilo británico o estadounidense sin dejar de ser española. El juego sigue sin mi es una obra con aristas, con sombras y con dudas, una obra repleta de vida en estos tiempos tan inciertos».

Eduardo Boix, Letras en vena

Entrevistas

Entrevistas concedidas con motivo de la publicación del libro.

Martín Casariego novela el arrebato del amor adolescente.

Por Andrea Aguilar. El País, 10 de febrero de 2015.

Rai, un carismático adolescente que imparte falsas clases de matemáticas al narrador y protagonista de El juego sigue sin mí (Siruela), escucha con su pupilo discos de los ochenta, recomienda la lectura de Leopardi, le presta tebeos y va desvelando algunos de los tristes misterios que rodean su vida. Una tarde le advierte: “Los pequeños detalles varían a menudo el curso de las historias”.

Página 2 – Entrevista a Martín Casariego.

Por Óscar López. La 2 (TVE), 1 de febrero de 2015.

Nuestro principal invitado esta semana es Martín Casariego para hablarnos de su última novela El juego sigue sin mí (Siruela).

Primer capítulo

No voy a revelar mi nombre, porque no importa. Se me podría llamar Ismael. Dudo en cómo abordar el relato de aquellos meses que cambiaron mi vida, durante el curso en el que cumplí catorce, hace la friolera de nueve años. No sé si debo hacerlo desde el momento actual o si debo, más bien, procurar recuperar la perspectiva de aquel niño que dejó de serlo. Tampoco sé a qué atenerme con respecto a una de las personas que más decisivamente han influido en mí.

Fue un ladrón especial, pues me robó, sí, pero durante años he pensado que me dio mucho más de lo que me quitó. Hoy no estoy tan seguro. Es posible que gracias a él me apartara del mal camino. No lo sé.

Su nombre sí lo voy a decir. Se llamaba Raimundo, pero le llamaban Rai, y cuando le querían fastidiar le llamaban Inmundo, chiquillada que no le amargaba la vida. Así, con i latina, ni siquiera con el adorno de una i griega, hoy más anglosajona que helénica: Rai. No es un nombre para una leyenda. Pero así es la realidad.

Porque Rai, en el instituto, fue lo más parecido a una leyenda que yo haya conocido. Una leyenda escolar, como diría mi madre, no una leyenda de fama mundial. Así que, teniendo en cuenta esa escala, el nombre de Raimundo tal vez sea el apropiado. Lo bueno, lo mejor de las leyendas, es que nunca envejecen, y lo recordaremos así, siempre joven, con esa mirada azul algo líquida y bastante irónica, muy limpia y a la vez empañada, con el pelo negro ensortijado, un fular en el cuello, un pendiente en la oreja izquierda y una leve sonrisa eterna y como congelada, que casi nunca acababa de arrancar. Los pómulos marcados, la barbilla algo afilada. Ahora lo definiría como una especie de dandi vagamente desaliñado, aunque en la época en que lo conocí nunca se me habría ocurrido tal expresión. En cuanto a su mirada, la seguiría juzgando irónica, aunque quizá no tan limpia.

Tenía tres años más que mi hermana, y mi hermana dos más que yo. Ella se llamaba Teresa, pero un poco por picarla, un poco cariñosamente, la llamaba a veces Pesadilla de Fuego.

Teresa era, por decirlo pronto, la chica más guapa del instituto. Y vaya si lo sabía. Se hacía la modesta, pero vaya si lo sabía. Y no puedo culparla, debe de resultar muy difícil no ser una creída cuando medio instituto –casualmente, la parte masculina– piensa que eres maravillosa y está babeando por ti, te invita a las fiestas, te sonríe, te habla siempre con amabilidad, te deja copiar, te presta apuntes, te manda archivos con canciones incluso sin haberlo pedido, te cuela, sueña contigo, mendiga una de tus encantadoras sonrisas, etc., etc. Claro que también es cierto que algunas chicas la envidiaban y la criticaban, generalmente sin razón, pues Teresa, con todos sus defectos, era en el fondo una persona bastante más que aceptable; y que algunos la despreciaban, como la zorra de la fábula que despreciaba esas uvas que no podía alcanzar. En fin, supongo que todo el mundo encuentra piedras en el camino, y que incluso gozar de su agraciado físico –ojos verdes, labios llenos y finamente dibujados, melena negra y brillante, piernas largas– debe de ser complicado. He leído entrevistas en las que algunas modelos se quejaban: si los hombres no hubieran estado tan encima de mí, si me hubieran dejado en paz, yo habría podido ser esto o lo otro. En lo que a mí respecta, creo que tener por hermana a la más deseada del instituto fue bastante positivo, porque contribuyó a que dejara de idealizar a las mujeres. O quizá fuese bastante negativo, porque es algo que puede volverte escéptico. Ya no hay diosas en el horizonte, y lo primero que piensas al ver en una revista una fotografía de una modelo anunciando un perfume es que seguramente come pipas y lo deja todo lleno de cáscaras chupadas, o que hay calcetines sucios desperdigados por el suelo de su cuarto, o que nunca se lleva la mano a la cartera porque da por hecho que a ella hay que invitarla. En fin, no sé.

Pese a la diferencia de edad, sigo creyendo que yo también fui, de alguna manera, muy importante para él. Recuerdo la primera ocasión en que le vi. Fue al pasar del colegio al instituto. El instituto era un edificio del centro de Madrid con algo de historia, uno de esos nobles edificios de piedra con columnas, arcos, molduras, ventanales y techos altos, que los alumnos solo empiezan a apreciar en su justo valor cuando ya lo han dejado atrás, y no todos. […]

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