| Visión
personal de Martín: De la misma manera que,
como lector de novela policiaca, desde joven había tenido ganas
de escribir una (y lo hice con Mi precio es ninguno), como
lector de novela de ciencia-ficción tenía una “deuda”.
Sin embargo, pretendía hacer algo diferente de lo usual, algo
escrito con desenfado y que se alejara del pesimismo al que tiende el
género. Quería escribir una novela de aventuras y con
mucho humor, aunque con un trasfondo serio, que encontré en el
objetivo de Miguel, Glaster y Flecha, el trío protagonista: conseguir
que los seres humanos recuperaran el bien de la lectura, perdido hacía
más de doscientos años en ese mundo aparentemente planificado
a la perfección, en el que la adquisición de conocimientos
de forma individual y libre es vista como un peligro. Para ello han
de viajar a Ulectra y conectar un chip en el Ordenador Central. El libro,
en realidad, tiene mucho de ficción y muy poco de ciencia (para
cubrirme las espaldas y permitirme cualquier “invento”, introduje este
párrafo: “Gracias a los pulsares o pulsaciones instantáneas,
la nave de Flecha podía desplazarse a una velocidad superior
a la de la luz. ¡Ah, qué de sorpresas se habría
llevado un científico de, pongamos, el siglo XXI, que hubiera
podido viajar al siglo XXIV! ¡Cuántos de sus axiomas y
teorías demostradas habría visto derrumbarse! ¡Ah,
sí! ¡Cuántos de sus esquemas se habrían venido
abajo!”). De hecho, mi fuente de inspiración futurista (aparte
de novelas y películas), más que rigurosos libros científicos,
fueron numerosos artículos periodísticos recopilados a
lo largo de varios años.
El humor, lo divertido, no suelen gozar de mucho predicamento en España.
Para mí, la literatura, además de muchas otras cosas,
tiene que ser divertida. Sospecho que para algunos la contraseña
mediante la que los protagonistas han de identificarse ante sus posibles
aliados, sogtulakk, es suficiente para no tomar en consideración
este libro. Para mí es casi una declaración de principios:
me tomo la literatura demasiado en serio como para no reírme
a veces con y contra ella.
Las reacciones de Nico, el hybrot de Glaster, están inspiradas
en el desarrollo de mi hijo Miguel entre el mes y el año, aproximadamente.
Pero los hybrots se desarrollan mucho más rápido que los
humanos, y pronto se convierte en alguien (más bien algo) impertinente,
pelota hasta la náusea y cotilla. Con tales atributos, curiosamente,
es el personaje que más me gusta, quizá por su origen.
Durante un tiempo estuve pensando en usar como título “Un mundo
mejor”, pero la novela es tan diferente de Un mundo feliz que
pensé que podría llamar a engaño. Creo que Por
el camino de Ulectra es un título más feliz, o mejor,
como se prefiera.
Ganar el Premio
Anaya (sucediendo así a Fernando Marías y su estupenda
Cielo abajo), el primero que obtengo dentro del campo de la
Literatura Infantil y Juvenil, ha supuesto para mí una inmensa
satisfacción.
|
| La
crítica ha dicho:
• "No
sé muy bien de
qué hablamos cuando nos referimos a un libro infantil o juvenil,
porque me cuesta mucho delimitar la imprecisa idea de ese tipo de receptor:
¿cómo acotamos lo que es un niño o un joven?, ¿por
lo que vemos alrededor?, ¿por los hijos que tenemos o nos gustaría
tener?, ¿por el niño que fuimos? Cuando yo era una niña,
no recuerdo haber leído muchos libros para niños; sólo
aquellos cuentos troquelados con versiones de Perrault, de los hermanos
Grimm o de Hans Christian Andersen. Cuentos con princesas de pelo verde
dibujadas por María Pascual. Después, los libros de Enid
Blyton. Un poco más tarde, cuando era una niña vieja o
una mujer joven, me acuerdo de haber empezado a leer obritas cortas
de una literatura no concebida específicamente para adolescentes.
Tal vez el primer libro “en serio” que yo leyera –¿recuerdas
tú ese libro?– fuese Marianela de Galdós o Silvia
de Nerval o las Rimas de Bécquer, quizá El
extraño caso del Dr.Jekyll y Mr. Hyde... enseguida los textos
que nos obligaban a leer en el colegio: el Mío Cid,
el Lazarillo, los sonetos de Garcilaso, cosas sueltas de Quevedo
y de Góngora, las Cartas marruecas y Adiós,
cordera de Clarín. Hacer memoria y desvelar estas intimidades
me desnuda un poco, pero también me lleva a darme cuenta de que
quizá sin los cuentos troquelados, los tebeos femeninos – aquella
Esther y su mundo, dibujada por Purita Campos- y las historias de misterio
de Enid Blyton, no hubiese adquirido el gusto por la ficción,
por el lenguaje, a la vez que perdía el miedo a afrontar un conjunto
de páginas escritas que casi siempre era demasiado gordo y frente
al que siempre se encontraba algo mejor que hacer... Por
el camino de Ulectra de Martín
Casariego es un libro que bien puede servir de puente entre el consumo
de esos cómics japoneses, que se leen de atrás hacia adelante,
y la atención hacia otras propuestas que a veces producen rechazo
en un lector que necesita de cierto proceso de maduración, como
los huevos o las crisálidas. Pero decir que Por el
camino de Ulectra es sólo un puente es poco decir,
porque es más: es un libro que nos obliga a pensar en nosotros
mismos como lectores y a cuestionar algunas frases hechas del mundo
en que vivimos.
Martín Casariego no trata a los jóvenes como idiotas porque
tampoco acostumbra a tratar a sus lectores adultos como idiotas; se
mantiene al margen de la corrección política y escribe
una novela en la que la muerte, el amor, el sexo, la enfermedad, las
alienaciones cotidianas e incluso Dios no constituyen temas tabúes
para el adolescente, sino, al contrario, son el eje a partir del cual
se articulará su crecimiento y su calidad como ser humano. Ningún
tema es demasiado complejo para un niño; así lo demuestra
Casariego en la pág. 44: un diálogo entre los protagonistas
de esta historia recorre la filosofía occidental desde Leibnitz
hasta el existencialismo con una habilidad didáctica no exenta
de sentido del humor (Miguel zanja la conversación con un: “No
me gusta hablar de estas cosas, me angustio (...) Siento que no soy
nada...) Con tanto respeto trata el autor a sus lectores que incluso
asume el riesgo de una extensión de 173 páginas que podría
echar para atrás a los más desacostumbrados a descodificar
y apropiarse de la palabra escrita. Y ése es justamente el asunto
del libro, “ulectra”, anagrama de lectura: la reconquista de un derecho
que a la altura del siglo XXIV ha sido abolido en un mundo de ciencia
ficción que, como pasa a veces tanto en la obra de Martín
como en la de Nicolás Casariego, es deudor del imaginario poético
de Pedro
Casariego, poeta fundamental del final del siglo XX en España.
En esta novela se alude a La canción de Van Horne, una
de las obras de Pedro Casariego, y la parafernalia de la ciencia ficción,
el regusto a viñeta de cómic, la capacidad visual de las
palabras de Martín son sin duda un homenaje a la obra poética
de su hermano. La ciencia ficción, género político,
es una herramienta para desvelar amenazas de nuestro tiempo. Un romanticismo
elegiaco y valiente, como el de la poesía de Pedro, empapa las
aventuras de Glaster, Miguel, Flecha y el osito Nico, su periplo hacia
un Ordenador central que recuerda la llegada de Dorothy a Oz... Andamos
necesitados de formas de acción como este libro, en el que la
aventura es aventura por y desde una causa, con un propósito,
y no un cúmulo de azares vertiginosos, espectaculares y estúpidos.
Estimular, animar, dar razones para leer es un objetivo de cualquier
curso, centro o institución educativa responsable, pero en Por
el camino de Ulectra se va más allá en ese
propósito: se aborda el problema del analfabetismo, no como carencia
de información, sino como falta de sentido crítico y de
capacidad para personalizar los procesos de lectura: un profundo analfabetismo,
reconocible en nuestro entorno, que no tiene nada que ver con la falta
de datos –de hecho, en el mundo verosímil y futurista que Casariego
prefigura, las personas tienen implantado un chip de información
en el cerebro–, sino con la imposibilidad de elegirlos, de aprenderlos
y fijarlos por uno mismo en un ejercicio de incomparable libertad. En
definitiva, Martín Casariego no está únicamente
repitiendo el cansino rittornello de que leer es bueno, leer
es bueno, leer es bueno –también puede ser malo y alienante–
sino que está criticando la identificación del espeluznante
overbooking tecnológico e informativo que nos atenaza,
con el auténtico saber cultural. A través del viaje iniciático
de sus protagonistas, el autor abre la brecha hacia otro viaje que puede
durar toda la vida: el de comenzar a leer profundizando, desde el principio,
en el significado de la lectura." (Marta Sanz,
www.latormentaenunvaso.blogspot.com,
junio 2007).
• Galácticos:
"Una de las virtudes
de Por el camino de Ulectra es la historia.
Otra, el ritmo; y una tercera, el ingenioso humor con que se narra una
aventura trepidante protagonizada por tres viajeros espaciales destinados
a cumplir la misión que les asignaron dos científicos
poco antes de desaparecer. Quien se apunte conocerá el mundo
de 2314, y allí encontrará bandidos galácticos,
naves del futuro, seres de toda ralea y unos planetas tronchantes. Además
de juvenil, una novela hermosamente literaria.” (Fernando Castanedo,
El País, Babelia, 9-VI-2007).
• "Aunque
abrí las páginas de esta novela, ganadora del
IV Premio Anaya, con una cierta actitud escéptica, pues la ciencia-ficción
no es un género que me subyugue, la crónica de un viaje
de iniciación que ha escrito Martín Casariego me ha dado
una muy grata sorpresa. Su argumento de desarrolla en un siglo aún
lejano [...], pero, antes que adentrarse en un relato de anticipación
científica, el autor proyecta la mirada hacia un tiempo hipotético
lo suficientemente intangible como para poner en solfa, desde el distanciamiento
respecto a la actualidad y sin acritud, determinadas propensiones a
la molicie y al exceso que observa en esta sociedad contemporánea.
Escrita con un lenguaje riguroso, organizada en torno a una estructura
compacta y alimentada con un tono de humor desenfadado, entre el vodevil
y la sátira, la novela rompe moldes respecto a la trayectoria
jalonada por obras como Y
decirte alguna estupidez, por ejemplo, te quiero (1995), Qué
poca prisa se da el amor (1997) o Nieve
al sol (2004), en las que Casariego encarna el amor y el deseo
del amor en personajes tocados por la duda, la vacilación o la
desesperación. [...] La lectura fluye ágil a través
de una minuciosa reconstrucción del remoto año de la ficción,
2314, con sus sofisticadísimos artilugios industriales, sus costumbres,
normas y tabúes. Un inteligente acomodo de la tradición
en un contexto post-histórico y una hilarante descripción
del modo de interactuar de los jóvenes, gente sapientísima,
sanísima y casi feliz, pero , ¡oh, desgracia!, hiperprogramada,
amansada y dependiente a más no poder de la tecnología,
completan el planteamiento narrativo." (Luis Arizaleta,
Calco, diciembre 2007).
• "El
autor trata el problema del analfabetismo como [...] algo
que afecta el desarrollo crítico del ser humano. El tema de fomento
de la lectura –algo que ya se ha convertido en una cantinela– en esta
historia es algo más que eso. No habla sólo de lo bueno
que es leer sino de que leyendo, podrás alcanzar la libertad
para decidir lo que es bueno o malo para ti. En la narración
sobresalen además temas considerados tabúes como la muerte
o el sexo funcionando como componentes del desarrollo del ser humano
hacia la madurez. Los diálogos son inteligentes y divertidos,
no subestiman la capacidad de los jóvenes lectores. [...] Una
aventura de ciencia ficción con tintes de poesía y filosofía
que engancha al lector nada más empezar sus 173 páginas.
La poesía tal vez por influencia de su hermano, del que incluye
versos del poema La canción de Van Horne, nombre que
da al padre del personaje principal de la historia. Aventura, belleza
e información se reúnen en esta obra para deslumbrar a
los lectores más exigentes y ayudar a divulgar la importancia
de la lectura también en el mundo de la informática. (Simone
Sousa, www.pizcadepapel.org,
abril 2008).
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