| Qué poca prisa se da el amor: Primer capítulo |
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Una mosca se posa en su antebrazo izquierdo. Sin apartar los ojos del libro, de un rápido manotazo, Alejandro la envía a un mundo mejor, en el que, entre otras cosas, es posible que no existan Alejandros matamoscas, y, distraídamente, sin interrumpir la lectura, la arroja al cenicero, donde se une al cadáver de otro molesto díptero. Es cuestión de
práctica.
Alejandro está hasta las narices: todo el año estudiando como un cerdo, y le cargan la selectividad. A él, que sacó las mejores notas de la clase. ¿Y a quién han aprobado? Pues a todos, incluido al gamberro de Eugenio, más tonto y no nace, o a lo mejor sí nace, pero entonces sería la oveja clónica ésa, Dolly. Para Alejandro, los exámenes ni se los han mirado, han puesto las notas a
voleo. Si no, ¿cómo es posible que él salga contento y saque un 2,4, y el memo de Eugenio le mire con cara de cordero degollado y saque un 7,4, la nota más alta de la clase?
En fin. Enfadarse no vale de nada, está demostrado. Menudo mes de agosto le espera: en Madrid, sudando la gota gorda, mientras sus padres se pegan la gran vida en la playa, con su hermano, el pesado
de Alfredo. Sus padres le han dejado para que estudie.
Claro, qué listos: si fuera un pinta, como Eugenio, o como Jaime
Palancar, doctor en billares, entonces, ni en sueños le iban a
dejar la casa para él. Pero Alejandro, que es una especie de sabio
siempre-en-Babia, que viaja constantemente, aunque sólo con sus
libros abiertos, como si fueran alfombras mágicas, ¿qué peligro
tiene? ¿Qué orgía va a montar, si lo que le gusta es leer? Se
podría haber ido a la playa, sí, pero su madre es un poco histérica,
y su padre lo mismo de lo mismo, y como han leído un artículo
sobre la proliferación de robos de pisos en verano, no les ha
parecido del todo mal que el chico se quede estudiando. El chico,
Alejandro, es lo que en el fondo y en la superficie quería, porque
el sol, la arena, los señores enseñando sus impúdicas panzas y
las señoras mostrando sus rollos de grasa sobrante, y lo de arriba,
que algunas no se cortan, los niños tirando la arena encima de las
toallas y de los bañistas, los musculitos horteras luciendo sus
cachas aceitadas, las niñas pijas en bikini-quiero-y-no-quiero
diciendo no sé, a mí, es que no lo veo, o sea, no sé cómo
decirte, y los turistas, hay que verlos, en fin, el verano, no es
que le emocione. Sus viejos dicen que Alejandro es demasiado
negativo, pero claro, eso es muy relativo. A lo mejor consideran
positivo a su hermano, que la verdad, hay que reconocerlo, siempre
está de buen humor, el melenas, el capricho de las nenas, con su
coleta y su ropa molona, ¿cómo no va a estarlo, si todo le va
bien, si no pega ni golpe y aprueba, tiene dos novias, menudo cínico,
y no le pillan? Y no es que su hermano le caiga mal, en realidad le
cae bien, pero bueno, un mes separado de su familia será altamente
beneficioso a escala personal, después de diecisiete años de
convivencia ininterrumpida, si no contamos esas cuatro semanas
dedicadas a aprender inglés.
Alejandro empieza a leer un pasaje sobre Bruce, un explorador
británico que recorrió parte del Nilo Azul un siglo y medio después
que el portugués Paez, y al que no creyeron a la vuelta, de igual
manera que él había tildado al luso de embustero. Alejandro ya está
viajando, a otros continentes, a otros tiempos... La primera vez
que, en Gondar, Bruce vio al visir Ras Michael, estaba arrancando
los ojos a unos cautivos... Alejandro cierra los suyos. En ese
instante, suena el timbre, y Alejandro se acuerda de que es el
primer día en que va a venir una señora de la limpieza. Viene
recomendada a través de otra asistenta, la de la tía Irene. Seguro
que es de cuarenta y muchos, gorda, con cara de gallina clueca y voz
chillona y avinagrada. Bueno, no seamos tan hipernegativos, a ver si
al menos tiene mejor humor que la de la tía Irene.
Cuando Alejandro abre la puerta, en un primer momento cree
que la chica se ha equivocado; tiene su edad, más o menos, va
vestida de calle -bueno, tampoco iba a ir uniformada, qué se había
pensado-, y lo cierto es que su aspecto es estupendo. Alejandro, no
sabe por qué, baja un segundo la vista, azorado.
-Hola.
Soy Maite. Tú debes de ser el señorito Alejandro.
Él
no deja de advertir un cierto retintín en lo de señorito.
-De
señorito nada -responde Alejandro, quizá demasiado bruscamente.
-Se
nota -dice Maite, que es bastante susceptible, y decide pasar al
usted-. ¿Va a dejarme pasar, o quiere que limpie por telequinesis,
utilizando mi fuerza mental?
¡Empezamos
bien! Ambos se miran fieramente. ¡Las espadas en alto, saltan
chispas! ¿Será así como se inician las tormentas veraniegas?
-Pasa
-dice Alejandro, que también se está enfadando. Odia las
interrupciones. Al fin y al cabo, ¿quién se empeñó en tener
servicio? ¡Su madre! El insistió en su capacidad de supervivencia,
en que se las arreglaría muy bien solo, pero nada, las madres son
siempre madres y mandan más que Napoleón-. Pensé que cabías por
ese hueco.
Vaya,
vamos a empezar a conocerle... También él es la mar de picajoso... Maite
entra en la casa, y echa un vistazo general. Impera un orden
bastante aceptable, la verdad, y una limpieza notable. Mucho mejor
así: si llega a ser una casa de guarros, y más después de este
recibimiento, pensé que cabías por ese hueco, ¿la ha llamado
gorda?, iba a durar allí un minuto. -Su
madre me ha dicho que limpie, y también que cocine algo... Por lo
visto, el señorito no es lo que se dice un hacha en cuestiones
domésticas. -¿Pero qué te pasa, Maite?, se dice. ¿A qué viene
ser tan hiriente? Y sin embargo, añade con indisimulado sarcasmo-:
Su madre ha hecho especial hincapié en la cocina. Es
como si la poseyera un demonio criticón y burlón... -Sé
llamar por teléfono, y me gustan las telepizzas, las telebaguettes,
las telepaellas y cualquier comida que tenga un tele delante
-realmente, Alejandro no sabe por qué está tan borde-. Y si no te
importa, tengo mucho que estudiar, así que tú a lo tuyo. Los
dos se miran un instante. Maite hace esfuerzos para contenerse.
¡Pero qué tío más asqueroso! ¿Así que yo a lo mío? Igual se
figura que es mejor que yo, o que hago esto por gusto. Pues nones:
ella trabaja este verano para pagarse el primer curso de Derecho,
porque, dicho sea de paso, no es una pija, como él, con su polo
Hugo Boss y sus pantaloncitos Levis, y por desgracia no ha
encontrado otra cosa. Alejandro
ignora qué le sucede. ¿Por qué está más agresivo que un
escorpión? ¿Será porque se siente inseguro, será el ataque un
irracional mecanismo de defensa? ¿Será que no puede sustraerse al
encanto de esa mirada que le fulmina? Por
un momento, Maite sopesa la posibilidad de salir por la puerta y no
volver, pero se controla. ¿Será que hay algo en la personalidad de
él, o en sus ojos marrones y decididamente soñadores, que la ata,
la clava al suelo de madera, le impide darse media vuelta y decir
hasta nunca, imbécil? -Ah
-dice Maite-. Y creo que tampoco tiene ni idea de planchar, así que
a lo mejor le plancho algo... Es una pena llevar polos de marca con
el cuello arrugado... Continúan
mirándose un segundo. Ya verás, piensa Maite, la de planchas que
te doy como sigas así de simpático. Alejandro piensa que,
definitivamente, esa chica es una impertinente, y se siente tentado
de decirle que se vaya por donde ha venido, aunque más rápido,
pero ya hemos visto que hay algo que le hace callar: no es, desde
luego, la más que previsible reprimenda materna vía telefónica,
hijo, qué genio tienes, estás tonto, pareces tu abuela (paterna,
claro), ¿cómo te vas a arreglar ahora?, ni tampoco por comodidad,
porque tampoco hay que limpiar tanto como su madre se cree, hay que
ver qué manía, ni por la comida, porque con el dinero que se
ahorraría en la chica, tendría toda la telecomida y los congelados
que le diera la gana, ni porque le planchen, ¿qué le importa ir
con el cuello del polo arrugado? No hay, pues, ningún motivo de
peso: Alejandro dispone de la disculpa justa para despedir a la
chica antes de que empiece su trabajo, y así estar más tranquilo,
leyendo sus cosas sin que nadie le moleste. Pero hay algo superior a
él, una voluntad nueva y extraña, que dicta sus palabras: -Bueno,
yo voy a seguir estudiando. -Sabe
las condiciones, ¿no? Vendré lunes, miércoles y viernes, de diez
a dos, y me pagará los viernes, quince mil la semana... Está
claro, ¿no? -Como
el agua -dice Alejandro, a quien incomoda que Maite no le tutee, le
resulta antinatural, son de la misma edad, pero allá ella si es
tonta, no va a rebajarse a pedírselo. Él
se sienta a su mesa, y pronto se olvida de Maite, a la que, si no
estuviera concentrado en su lectura, oiría y vería con la
aspiradora, con el plumero, con la lejía y con el detergente, vaya
actividad, y Alejandro ya se está imaginando al aventurero escocés
caminando por el desierto, con los pies llenos de ampollas,
supurando, después de haber contraído la dracontiasis, una
enfermedad nilótica, un parásito que ulcera la carne... ¡Qué
valor, los exploradores, arriesgar su vida, enfrentarse sin apenas
medios ni armas a lo peligroso y a lo desconocido! La verdad es que
a Alejandro la mañana se le pasa volando, cuando Maite limpia su
mesa, levantando los libros para pasar el trapo, apenas la mira, no
vaya a pensar que le gusta. Ella tampoco le hace ni el menor caso...
Pasa el trapo como un robot, como una completa profesional, sin la
más mínima coquetería, sin ningún tipo de concesión para la
galería, con el ceño fruncido y la expresión seria, como si él
no se hallara allí, o peor aún, como si lo que estuviera allí
fuera algo molesto o levemente peligroso, un gato, un cactus o algo
similar. A las dos en punto, ni un minuto antes ni un minuto
después, con puntualidad prusiana, la muchacha se despide. -Hasta
el miércoles, Alejandro -menos mal que no le ha llamado señorito,
piensa él, que al fin se ha dignado en levantar la vista del
libro-. Le he dejado una tortilla de patata en la nevera, y medio
pollo asado. -Gracias,
Maite -dice él, que si en esta ocasión ha apartado rápidamente la
vista ha sido exclusivamente por timidez. Y como ella está más
amable-: Puedes tutearme, lo prefiero. -Como
quieras, a mí me da igual. ¡Podría
presentarse al Campeonato Mundial de Bordes, la tía! -Tampoco
es que yo me vaya a morir de ilusión... -Pues
eso. Hasta el miércoles. Maite
sale. Alejandro, desconcertado, se da cuenta de que, de pronto, se
siente solo y abandonado. ¡Pero qué absurdo, si es casi lo mismo,
si con ella apenas ha intercambiado dos palabras en toda la mañana,
las imprescindibles! Por
la noche, Alejandro, que no ha salido en todo el día, y que tiene
la cabeza como un bombo, porque no ha estudiado nada, pero ha leído
mucho, saca la tortilla de patata de la nevera, la calienta en el
microondas, y la come viendo la tele. Es el único momento en el que
vuelve a pensar en Maite: la verdad es que no parece una gran
cocinera. La tortilla está casi tan seca como el desierto por el
que Bruce arrastraba sus pies cubiertos de ampollas, parece una
piedra destinada a ser surcada por caracteres cuneiformes... Cuando
acaba de cenar, apaga el televisor. No había nada interesante. Al
acostarse, Alejandro lee media hora, un libro sobre los indios de
las praderas. Cuando lo cierra, piensa, un tanto desalentado, que
nunca ha hecho nada digno de ser contado. ¡Tanto leer libros de
viajes y de exploraciones, y lo más arriesgado que ha realizado en
su vida es pasar cuatro semanas lejos de su familia, en Inglaterra!
Menudo aventurero, menudo superhéroe está hecho... Justo antes de
apagar la luz, ha leído una canción de amor sioux: "Puedes
tomar el sendero de guerra / cuando oiga que tu nombre ha hecho algo
valeroso / entonces me casaré contigo". La india sioux que
inventó esa canción... ¿Cómo sería?, piensa, amodorrado... |
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