La primavera corta, el largo invierno: Primer capítulo


 

Chicharras por el día, grillos por la noche: el bordoneo de los abejorros, mi vida está llena de las cosas que ella vació. Como todos los días de este caluroso verano, mi hermano se sienta en el jardín, a la sombra de los chopos y de la valla de alambre cubierta por la hiedra. Inmóvil, pasa las horas observando Madrid, que en algunas ocasiones se ve muy limpio, como si el aire, de tan puro, no existiera, mientras que en otras se difumina, turbio y pesado, sucio, plomizo. En los atardeceres, entre las nueve y las diez de la noche, una luz naranja lo baña, y convierte la vista en un espectáculo cambiante y casi místico, como si la ciudad fuera un inmenso templo desordenado y pagano que se desplegase indolente en un arco de ladrillo y piedra blanca, interrumpido únicamente por el álamo canadiense de nuestro terreno y por los pinos, cipreses y cedros de las casas vecinas. Mi hermano distingue algunos edificios: la cúpula de San Francisco el Grande, el Palacio Real, la Torre de Madrid, el Ministerio del Aire, la Escuela de Caminos y la Facultad de Geografía e Historia, el Windsor, el Banco Bilbao Vizcaya, la Torre Picasso, las Torres Kio, que se inclinan la una hacia la otra sin llegar a besarse y que en los Años Dorados no existían...

Por las noches, se instala en el tejado con un zumo de naranja con hielo, que bebe lentamente mientras transpira en silencio. Las luces destacan en blanco la mole del Palacio de Oriente. De cuando en cuando, el canto de un mirlo, de una urraca, o de otros pájaros cuyo trino nunca hemos identificado. El insistente ladrido de un perro es contestado, a mayor distancia, por otro igualmente tenaz y quejumbroso. Mi hermano se desilusionaba, y concebía un plan tan absurdo y disparatado como su estéril espera. Una noche en la que mi mujer, a la que el calor dificultaba el sueño, me pidió un vaso de agua, subí a la terraza antes de llevárselo. Tal como suponía, mi hermano se hallaba sentado, quieto como un asceta, en la cumbrera del tejado. Con cuidado de no resbalar, llegué hasta él y me senté a su lado. Frente a nosotros, Madrid se desplegaba en un arco plateado solamente interrumpido por la copa de algunos árboles...

-¿Qué haces así, día tras día, todas las noches, siempre en el jardín o en el tejado, sin hacer nada? -le pregunté al fin.

Ninguna brisa corría, el aire estaba en calma. En lo alto, la impasibilidad de las estrellas, y, de vez en cuando, el ladrido de un perro que es respondido en la distancia...

-Estoy esperándola -contestó.

Y aunque hacía años que no hablaba de ella, no me cupo ni la más pequeña duda de a quién se refería. En su desorientación, imaginaba, quizá, que descendería al tejado montada en una escoba, o a lomos de un enorme gato negro...

Tardé semanas, o puede que meses, en comprenderlo bien: había citado a Bruja telepáticamente, en el tejado, confiando en que la fuerza de su recíproco e inextinguible amor, de aquel amor plácido y furioso con el que habían disfrazado Madrid quince años antes, la llevara hasta allí. Aquellos nueve meses con ella habían sido su Cielo en la tierra. Después vinieron esos años que él llamó los Años Oscuros, años de desorden, confusión, rebeldía y sufrimiento, años sin ella y contra los dos poderes, que empezaron el día del maleficio de Anastasia, la bruja malvada, y que terminaron el día en el que Dios cumplió sus amenazas, mi hermano gritando, sumido en una crisis, su conciencia perdida, que poco a poco recuperaría a nuestro lado, al mío, al de mi mujer y al de mi hijo. Y yo, Roberto, su último hermano, el pequeño, incapaz como todos de cambiar el curso de los acontecimientos, quiero contar esta historia tal como fue y tal como me la imaginé, esta historia de amor infinito, de locura y de extravío, de un hombre que conoció aquí el Cielo, el Infierno y el Purgatorio, en orden cronológico que yo he alterado, pues he empezado, por el Purgatorio, con él en el tejado, mientras espera inútilmente la llegada de ella, mientras hace acopio de fuerzas para decidirse a abandonarlo todo y recorrer el mundo en su busca, amor colérico y plácido.