Como los pájaros aman el aire : Primeras páginas


1. El barrio

En el barrio algunos nos llamaban el fotógrafo y la modelo.

Es cierto que le hice bastantes fotografías, y que la mayoría fueron de la clase que imaginaban quienes apenas nos conocían más que de vista, pero las que verdaderamente me interesaron no eran así.

Escogí vivir en aquella zona deteriorada y multicolor no sólo por el precio de los alquileres, sino también por cortar en seco con mi pasado. Había llevado durante mucho tiempo una vida de plástico. Ahora, de querer ser lo que parecía, había pasado a preferir parecer lo que era; de hablar a los demás, a hablarme a mí mismo. Allí no me encontraría jamás a mi antigua esposa, ni a mis antiguos amigos (por llamarlos de alguna manera), ni, desde luego, a los compañeros de mi anterior trabajo, que había cambiado por uno más tranquilo, aunque mucho peor pagado.

El apartamento tenía unos treinta metros cuadrados, más el dormitorio de la planta alta, abuhardillado. En él, cuando terminaba de subir la escalera, debía agacharme. Un ojo de buey, en la pared a la que estaba arrimada la cama, proporcionaba una amplia vista de una parte de Madrid, un Madrid sin rascacielos, que semejaba un inmenso pueblo cubierto por una lluvia de tejas y vigilado por un ejército de antenas.

Lo que le daba vida a mi pequeño piso era una terracita rectangular abierta en el tejado. Si me encaramaba al borde de éste, la vista de Madrid se perdía en el horizonte. Nunca había estado en Argel, pero la primera vez que me senté allí pensé, sin saber realmente por qué, en aquella ciudad. Quizá me recordara alguna imagen de La batalla de Argel, que había visto en el Griffith. Veía las tejas, la ropa tendida, una bandera pirata en el tejado de enfrente, a la que la brisa hacía flamear, las plantas y macetas, y me sentía en paz.

En el tiempo de dolor y soledad comprendido entre mi separación y la enfermedad y muerte de Gafas había aprendido a querer a mi barrio. Una noche me entretuve, callejeando hacia casa, en hacer una relación de lo que iba distinguiendo en el suelo, desde vómitos y latas hasta preservativos y excrementos, y lo encontré casi arqueológicamente instructivo, en lugar de asqueroso, sin más. Me gustaban sus calles, una librería-café, atestada de libros, en la que a veces compraba una novela y tomaba algo en una mesa a la entrada, ciertos bares y cafés, como el Nuevo Café Barbieri, con sus espejos y mesas de mármol y sillas de madera y columnas de hierro fundido y canapés de terciopelo rojo, en la esquina de Primavera y Ave María. Ya ni siquiera me repugnaba tanto el hedor a orines de la calle Primavera, apreciaba tener tan a mano la Filmoteca, o encontrarme en la calle Salitre con el club de fumadores de marihuana, con la hoja de marihuana de metal colgada de la fachada, a modo de reclamo o anuncio medieval. Además de español, se oía hablar chino, indio, árabe, rumano, diversas lenguas africanas que no identificaba. Había mudanzas y pequeñas obras constantemente, negocios que abrían y cerraban, y a todo lo envolvía un paño de provisionalidad. De unos años para acá los robos proliferaban, aunque últimamente habían descendido gracias, en parte, a las cámaras instaladas en muchas esquinas. Salía del metro y bajaba hacia la plaza por la calle del Ave María, donde, fantaseaba, más de uno había rezado sus últimas oraciones, o por la del Olivar, si tenía ganas de variar un poco, entre restaurantes asiáticos, tiendas de chinos, locutorios, verdulerías con especias y frutas exóticas, y a menudo me cruzaba con algún borracho que insultaba a voces a alguien, real o imaginario, o con un loco que pregonaba su suerte por haber conocido en persona a Dios. Pensaba entonces que estaba donde debía estar.

Lo cual no era, sin embargo, ni un consuelo ni una alegría.