Nieve al sol: Primer capítulo


EL BUEN DOLOR

¿Qué va a ser de mí?
Intento ordenar el desorden.
Intento desnudarme, y me disfrazo sin querer.
Desde hacía veinte años vivía en el vicolo del Piede, junto a Santa María in Trastevere, cerca del ponte Sisto. Era un piso bajo y tenía dos alturas. La inferior la ocupaban la cocina y el salón, y la superior, dos modestos dormitorios y un baño. La fachada de la casa se hallaba casi completamente cubierta por una enredadera, que en invierno le prestaba un aspecto decadente y desolado, mientras que en primavera y verano su follaje verde hacía pensar en algo salvaje y vigoroso. Entrar en la casa era, entonces, como hacerlo en una selva, en un refugio secreto y de aspecto abandonado, y eso, al principio, me confortaba momentáneamente, me confería una pasajera sensación de seguridad de la que estaba huérfano y que tanto necesitaba.
Sí, me confortaba, porque vivía escondido. Durante el primer año, por motivos de seguridad; después, cuando mis precauciones se habían revelado superfluas, por los malos hábitos adquiridos y por el íntimo deseo de ser un muerto en vida. Mi actividad pública se reducía a una visita mensual a la Banca Nazionale del Lavoro, después de afeitarme y ducharme, para retirar una cantidad que siempre llegaba puntualmente, y a comer poco en ciertos restaurantes y a beber mucho en cierto bar, no más lejos de cien pasos de donde residía. Mi vida giraba en torno a unas repeticiones cuyo solo sentido estaba en la propia repetición. Había terminado por no ser ni siquiera capaz de comprender que el único hilo que me unía con el pasado era el de esa cuenta corriente, y que si alguien tiraba de él, aparecería la araña, o sea, yo mismo. No había mujeres ni amigos, sólo una luz mortecina, náuseas y arcadas, temblores y confusión; no había mujeres ni amigos, pero sí ese bar, en el que las caras, en aquellos veinte años, habían ido cambiando, las de los camareros, las de los clientes, la del dueño, las caras de todos, sin excepción, menos la mía. Pero no, la mía también había cambiado, ¿cómo no iba a haberlo hecho, en veinte años?
Pese a que el alcohol convertía en una cinta en blanco muchas de las horas de aquellas noches, recuerdo a un viejo que aparecía de vez en cuando, invariablemente con la misma canción, recitada como una poesía plana, falta de entusiasmo y vida, y que empezaba así: “Vengo del mar a la tierra, voy de la tierra al mar. Vengo y voy, voy y vengo”. Nunca supe si era un marinero chalado o un chalado sin más. Dejó de ir y de venir, y ya ni tan siquiera sé si fue el producto de un vago sueño o de una de las alucinaciones que me atormentaban. Otro a quien le perdí la pista fue a Gino, un vagabundo con el pelo color ceniza, que le colgaba en greñas hasta los hombros. Tenía la cara roja surcada de arrugas, y unos ojos del color del Tíber cuando está verde, que es casi siempre. Una vez al mes le confiaba cierta suma para que me comprara libros, guiándose por su capricho o su instinto, en la librería española de la plaza Navona. Mis lecturas eran así variadas y aleatorias, literatura clásica y contemporánea, novela, ensayo, poesía, historia, arte, guías de Roma, y no me molestaba que el mendigo distrajera parte del dinero: era un trabajo y merecía cobrarlo. Una de las contadas ocasiones en las que osé cruzar el río lo vi pidiendo en el Corso, sin piernas, encima de una manta tan sucia como él. Cuando me reconoció, gritó alegremente el nombre con el que yo me había presentado años atrás, miró a derecha e izquierda para asegurarse de que no le veía ningún policía, se apoyó en sus brazos y se subió a pulso. La manta tenía un agujero en el centro. Salió de la alcantarilla, en cuyo borde apoyaba la cadera, mientras los pies reposaban en la escalerilla, recogió el cartón, en el que había unas monedas como cebo, y dobló la manta, que ocultaba la redonda tapa de hierro fundido. Devuelta ésta a su sitio, me propuso ir a beber un vino para celebrar que volvía a tener dos piernas. Yo era un buen compañero de bebida excepto cuando me irritaba. Los libros que me traía Gino ocuparon casi por completo el barullo del segundo dormitorio, convertido en un trastero. Tardé varios años en leerlos todos. Después, cuando ya no tenía quien renovara mi biblioteca, empecé a releer.
En cuanto a Gino, en realidad jamás salió de la alcantarilla. A mí me concedieron una última oportunidad. Fue hace poco más de tres semanas, gracias a Diana. Todos los fantasmas de un tiempo ido pero que nunca había sido totalmente enterrado resurgieron con fuerza. Otro tipo de dolor llamaba a mi puerta. Éste era un buen dolor, porque aunque era agrio y desgarrado, en carne viva, sobrevivía en él algún resto de dulzura.
Vi a Diana entrar en el bar en el que me pudría.
Así empezó el buen dolor.