El capitán Miguel y Juan el Navegante : Primer capítulo y fragmento del capítulo 11


1

El sueño

Se hallaba en el salón, sumido en la oscuridad. Era de noche. ¿Qué hacía allí, escondido detrás de una butaca?

De pronto sintió una ligera corriente de aire, y una especie de fría humedad.

Sabía que debía permanecer quieto. Se encogió todavía más. Escuchó.

Creyó oír un leve quejido, o quizá sólo fuera el sonido de un cuerpo al avanzar lentamente.

Cerró los ojos, rogando que todo fuera un sueño. Pero era aún peor tenerlos cerrados y los abrió.

La luz de las farolas entraba por la ventana, iluminando vagamente la entrada al salón.

Oyó un crujido, y fue entonces cuando les vio.

Eran tres monstruos con forma humana, que andaban como a trompicones. Uno era más amarillento que los demás. Otro sangraba por la nariz, y sus piernas y nalgas estaban ennegrecidas. Tenían las pantorrillas hinchadas y con heridas abiertas. La piel estaba infestada de manchas rojas, como escamas o costras. Respiraban fatigosamente, y no hablaban.

Los monstruos se volvieron hacia él simultáneamente, y el corazón le dio un vuelco.

No podía encogerse más, no podía estar más callado, no podía esconderse mejor.

Le rodearon. Sólo siendo un pájaro podría escapar.

Estaban ya muy cerca, y ahora la luz de la calle les iluminaba nítidamente.

Súbitamente, el tercero, de una de cuyas heridas manaba un líquido negro y apestoso, cayó al suelo, entre horribles convulsiones.

Los otros dos, sin hacer caso del caído, abrieron la boca, mostrando unas encías hinchadas, sangrantes, y un olor fétido le envolvió. El más alto tenía los dientes torcidos, como en un grotesco baile. El otro carecía de ellos. Toda su boca era una espantosa hinchazón.

Cuando el monstruo amarillento y desdentado se inclinó sobre él y alargó una mano temblorosa y llagada, gritó.

 

 

11 (fragmento)

Una tempestad y un megalodón

–¡Demonios, vienen por nosotros! ¡Es el fin del mundo! ¡Demonios voladores!

El grito y el miedo irracional se extendieron. Miguel vio, en medio de aquel desorden digno del infierno, unas figuras oscuras que volaban como proyectiles, atravesando la nave de babor a estribor.

Un niño asomó la cabeza y medio cuerpo por la escotilla. El capitán le empujó para que se volviera dentro, justo a tiempo: la carabela subió y descendió vertiginosamente con espantoso ruido, pareciendo milagro que no se rompiera en mil pedazos, y una ola blanca barrió la cubierta con furia asesina. Abajo alcanzó a ver Miguel niños gritando, mujeres tapándose los ojos o implorando el perdón de sus faltas, fardos y barriles flotando en el agua que se había colado en la bodega.

–¡Confesión, confesión! ¡Misericordia, Señor, para esta pobre alma que se arrepiente de todos su pecados!

Una mujer arrodillada se santiguaba, y a su alrededor todos, con los crucifijos en la mano, se abrazaban y lloraban. El fraile, sereno, decía:

–Da igual que el camino sea de agua o de tierra, que cuando Dios quiere, tan pronto se muere aquí como allá.

Pero en el fragor de la tempestad, nadie le oía. El agua les llegaba por los tobillos, pese a los desesperados esfuerzos de dos hombres que achicaban agua con la bomba.

–¡Demonios, demonios! ¡Van a hundir el barco!

El capitán fue hacia el lugar de donde provenían los gritos. Pasó al lado de Butifarra, que tenía una brecha, el rostro ensangrentado y blanco, y llegó al lado de un muchacho, que acompañaba sus voces con aspavientos. Al verle, chilló enloquecido, con los ojos desorbitados:

–¡Dicen que van a volcar el barco y a anegarlo para que nos devoren sus amigos, los peces!

Había que serenarle, para que la confusión y el miedo no se hicieran aún mayores. El capitán le agarró de los hombros y le sacudió, sin conseguir sosegarle.

–¡Vamos a morir todos, Satanás nos va a llevar al fondo del mar! -gritó.

A su espalda, vio el capitán cómo Comadreja desenfundaba su cuchillo.

–¡Que se calle o...!

El capitán golpeó con el pomo de su cuchillo al grumete en la cabeza. El chico se desplomó, y Miguel se aseguró de que quedara bien atado para que no se lo llevara el mar. Otra ola barrió la cubierta, y arrastró al capitán, que chocó contra un mástil.

Se oyó, en medio de aquel caos, un crujido de madera. Salido no se sabía de dónde, el Navegante empujó al marqués de Lobo Negro, justo a tiempo para evitar que el trinquete lo aplastara. No tuvo tanta suerte el Tuerto, quizá porque le vino por el lado del que le faltaba un ojo: el palo le golpeó con violencia, y lo lanzó por la borda como si fuera una hormiga que alguien se quita de encima de un manotazo. Los cuatro elementos, el fuego con sus rayos, el aire con su furia, el agua con sus olas, y la tierra, que amenazaba con sus rocas y escollos cortantes, si se habían acercado a algún islote sin advertirlo, se habían aliado para acabar con aquel pobre cascarón. ¡Qué importante se cree el hombre, y qué poca cosa es!

–¡Tranquilo! -le gritó el Navegante-. ¡Todo está controlado!

Justo en ese instante un proyectil golpeó a Juan en el pecho, haciéndole tambalearse. A sus pies vieron, brevemente iluminado por un relámpago, un pez volador, con las aletas grandes y desplegadas como alas.

–¡Ja, ja! -Juan rio. Para asombro de Miguel, ¡parecía disfrutar!-. ¡Aquí tenemos a uno de esos demonios que aterrorizan a los ignorantes!