La jauría y la niebla (Algaida, 2009). II Premio Logroño de Novela


Presentación: La novela fue presentada por Antonio Muñoz Molina en el Hotel Kafka.

Texto de contracubierta: Una mañana de diciembre Ander se enfrenta, como cada jornada, a lo que se ha convertido en uno de los momentos más duros de su existencia: entrar en clase. Mientras, a su hermano pequeño le desvelan el secreto de los Reyes Magos. Ese mismo día el escritor Ignacio Mayor acudirá al instituto donde estudia Ander para impartir una conferencia.

Estos tres personajes, unidos por los sutiles hilos de los sentimientos, la casualidad y la memoria, tejen una historia acerca de la violencia que ejerce el grupo sobre el individuo, la pérdida de la inocencia y la necesidad de recuperarla para poder seguir viviendo.

La jauría y la niebla indaga en la búsqueda de la felicidad, pero también en la súbita llegada de la desgracia. Martín Casariego ha escrito una emocionante novela, galardonada por el prestigioso jurado del Premio Logroño, en la que dolor, ternura y esperanza se combinan para atrapar a los lectores en una historia inolvidable.

Visión personal de Martín: La jauría y la niebla es una novela en la que he reunido ideas, asuntos o preocupaciones que me han asediado durante años. Desde mi época de universitario –cuando soñaba con convertirme en un escritor–- me atraía el tema de las tres edades, común en el Arte, reflejar cómo nos cambia el tiempo (pero no por fuera, a la manera de los pintores y escultores, sino por dentro), y hasta ahora no me había sentido capaz. En 1996, tras publicar mi primera novela juvenil, empecé a viajar por distintos lugares de España, yendo a colegios e institutos a los que me llevaban comerciales de la editorial y en los que tenía charlas con niños o adolescentes que habían leído alguna de mis obras. Para mí todo era nuevo, y muy sugerente: volver al colegio, pero desde otro ángulo, observar –y escuchar– a los alumnos, a los profesores, a los comerciales, hacerme preguntas (ellos, y yo a mí mismo) sobre los libros, la lectura, la educación, la escritura… Era un poco como estar en un laboratorio, y ver diferentes reacciones. Además de reflejar esto, la figura de Ignacio Mayor me permitía tocar otros asuntos: la muerte, el suicidio, la felicidad, el bien y el mal, la memoria, la creación artística, el amor, el sentimiento de culpa, la necesidad de recuperar algo de la inocencia perdida para poder seguir viviendo… En 2001, en un viaje en tren con mi hermana María, estuvimos hablando sobre los Reyes Magos, sobre esa increíble conspiración en la que todos –sin excepción, medios de comunicación incluidos- participamos, y cuyo fin es que los niños crean en su existencia real. Los cambios en la edad, por supuesto, son graduales, pero ¿qué mejor frontera que el día en el que te dicen la verdad sobre los Reyes, para marcar el inicio del fin de la infancia?

Todo esto, claro, necesitaba algo que lo vertebrara, y ese algo es el acoso escolar, que todos conocemos más o menos de primera mano, en diferentes grados. Hace unos años, me contaron que a una persona muy querida por mí la saludaban burlonamente cuando entraba en clase. Así arranca La jauría y la niebla, y la rabia, el dolor, la frustración y la impotencia que sentí al escuchar aquello, son seguramente el motor que la puso en marcha. El acoso escolar es una variante de la violencia del grupo sobre el individuo. Pero se trata de una variante especialmente cruel y significativa: cruel, por quien la sufre, un niño o un adolescente; y significativa, por el lugar en el que ocurre, el colegio, donde los padres envían a sus hijos para que sean educados y aprendan a convivir y a respetar a los demás. El acoso escolar es una triste derrota de la educación frente a nuestros peores instintos, la violencia, el odio al diferente, la unión cobarde de la manada contra la víctima. El acoso escolar, por supuesto, ha existido siempre, y en cualquier lugar o sociedad: podría haber situado esta historia en Uganda o en Canadá, en nuestra época o hace cien años. Pero mientras imaginaba la novela, iba teniendo cada vez más claro que el lugar idóneo para que ocurriera, el paisaje de fondo, debía ser un pueblo del País Vasco, en nuestros días, e introducir de ese modo, aunque sólo como ambiente, otra cuestión que me preocupa desde mi juventud: la insoportable presión a la que se ven sometidos muchos vascos por no comulgar con la ideología abertzale. Pensé que la historia se reforzaría, y que el lector no tendría la tranquilidad de pensar que el horror de la violencia del grupo sobre el individuo se acaba a los dieciocho años, sino que sería consciente de que tiene más formas de mostrarse, y que te puede tocar a cualquier edad: en un pueblo de Guipúzcoa, o en tu puesto de trabajo. Sabía que esa elección resultaba incómoda para mí y para algunos lectores, que podrían leer La jauría y la niebla con prejuicios o reservas, y por eso decidí escribir la historia de Ander sin juzgar, sin que el narrador interviniera. La novela es comedida, el paisaje es muy realista, y a Ander no le acosan por ser hijo de inmigrantes. He pretendido escribirla a la manera de Stendhal, poniendo un espejo a lo largo del camino. Claro que un escritor no es del todo inocente, y aunque proceda de ese modo, ha de escoger el camino que pretende reflejar. Si alguien se reconoce en ese espejo, pensaba mientras escribía, sus razones tendrá. En cualquier caso, como escritor yo no busco mi comodidad, ni la de mis posibles lectores: únicamente pretendo escribir novelas de la manera más eficaz posible y llegar literariamente lo más lejos que me permitan mis fuerzas.

La crítica ha dicho:

"La novela cuenta, con una milagrosa mezcla de crudeza y ternura, un caso de acoso escolar el un pequeño pueblo vasco [...]. La historia es inmensa, y también la manera de contarla. [...] La jauría y la niebla es, además de una obra impecable, una novela necesaria que nos manda de bruces contra una realidad dolorosa y vergonzante: la violencia escolar existe porque, de forma consciente o no, es implícitamente consentida por demasiada gente. Por el grupo. Por los profesores. Por los padres de los agresores." (Marta Rivera de la Cruz, El Progreso).

" Su lectura me atrapó desde el primer momento y no la pude soltar hasta el final. Me la leí en una tarde, admirado por lo que cuenta, la manera directa y compleja de hacerlo, y lo bien construida que está. Es una novela sobre la violencia y el fin de la infancia, pero especialmente sobre la ternura. Es extraño que en las novelas aparezcan temas así y que sean tratados con esa mezcla de cuidado y atrevimiento con que lo hace Martín Casariego: como aquellos trapecistas que actuaban sin red. He sentido tan cerca al pobre Ander que muchas veces, al levantar los ojos de las páginas del libro, me parecía sentirle respirar a mi lado." (Gustavo Martín Garzo).

"Martín Casariego [...] ha puesto el dedo en una de las llagas que más nos escuece a todos hoy: la del acoso escolar. Lo hace en una novela tan hermosa como extrema que acaba de publicar Algaida: La jauría y la niebla. Y ahonda en las situaciones y en los caracteres como lo haría Kafka: con una desesperanza terrible, descrita con ese mismo sentido de la riqueza que encierra el género humano en sus momentos de crisis –entendida ésta como lo que es: un cambio radical en el devenir–. Esa historia de Ander, de Leandor, de Ignacio Mayor, es el mismo relato despiadado del desasosiego. Es terrible, sí. Pero de una trascendencia épica. Una verdadera joya ". (Xurxo Fernández, El Correo Gallego).

" Tal vez lo que convenció al ilustre jurado del II Premio Logroño de Novela (formado esta vez por Ana María Matute, Espido Freire, Rodrigo Fresán, Fernando Iwasaki y Manuel Hidalgo) para premiar la novela de Casariego fuera la delicadeza con la que entrelaza las historias y sentimientos de estos tres personajes que apenas se cruzan un par de minutos a lo largo del día y que, sin embargo, componen una historia donde querer seguir viviendo resulta una tarea difícil. Hacer frente a la violencia que ejerce el grupo, descubrir los grandes engaños de la vida, aprender a vivir con grandes ausencias, convierte La jauría y la niebla en una estremecedora novela imprescindible entre nuestras favoritas, aunque tal vez un poco triste para los tiempos apocalípticos que estamos viviendo. Cuestión de aguante." (notodo.com).

"Buenísimo. En primer lugar me sorprendió comprobar que recordaba perfectamente lo que ya había leído tras tres meses de tener el libro cerrado. En segundo lugar tuve que quitarme el sombrero ante el juego de espirales, cambios de punto de vista narrativos y temporales, de la novela. Pero sobre todo La jauría y la niebla de Martín Casariego me conmovió. […] Una novela que toca el corazón. Que a cualquier padre le dolerá. Porque La jauría y la niebla duele, pero merece la pena el dolor. Y quedará en mi memoria, como una herida propia." (Javier Puebla, Cambio 16).

" En La jauría y la niebla, la última novela de Martín Casariego, hay una escena en la que un hombre está mirando a unos chavales jugando al fútbol a la hora del recreo. Aparece una profesora al otro lado de la valla y le dice que no puede quedarse ahí mirando. El hombre le pregunta por qué, si está en plena vía pública, y la mujer responde que se verá obligada a llamar a la policía. Inserta en medio de una espléndida narración que indaga en los mecanismos de la violencia que el grupo ejerce sobre el individuo, la escena ilustra la perfecta imbecilidad con que la pedagogía moderna sobreprotege a nuestros menores". (David Torres, El Mundo).

" Casariego nos ofrece una magnífica visión sobre la pérdida de la inocencia, las dificultades de los adolescentes para enfrentarse a la vida, o incluso el sentido de la misma, desde una visión más agónica, la de un hombre mayor. La historia de los tres personajes queda unida por esos sutiles hilos que tejen los sentimientos, por la casualidad de sus acciones y, aún más, por el peso de la memoria que el hombre ejerce sobre sus propios semejantes. [...] El cuidado con que Casariego ensaya sus historias supone una voluntad experimental que ya habíamos descubierto en Campos enteros llenos de flores (2001), donde diversas historias convergen en una estructura fracturada hasta conseguir una composición única y magistral, como ocurre en La jauría y la niebla, con ese final que no sorprende porque desde sus primeras páginas se nos advierte de su desenlace, y muestra así la habilidad del escritor para engarzar las piezas de esas tres vidas en un único y válido mensaje ". (Pedro M. Domene, Mercurio).

" Una novela magnífica sobre el aprendizaje, sobre la dureza de tener que adaptarse al grupo y a la realidad, donde la felicidad y la desgracia se dan la mano. Una historia en la que cada uno tiene que sobrevivir a su manera, tanto el adolescente Ander, que no tiene más remedio que armarse de valor a diario para entrar en esa aula que le chupa la sangre y la energía, como su hermano pequeño, como el escritor Ignacio Mayor que acudirá al Instituto donde estudia Ander a dar una conferencia. Me ha recordado tanto mis días de colegio, en que la vida se concentraba en un edificio. Por eso, para mí, en esta novela el Instituto representa el mundo en el que hay que entrar con pies de plomo y corazón blindado para que no te lo destrocen, lo que tampoco es posible porque el corazón necesita querer, admirar, sentir. Y en este camino a veces se pierde la inocencia, y el problema es cómo recuperarla. No es tan fácil. Como no es nada fácil la sencillez con la que Casariego nos conduce por los vericuetos de las emociones. Mejor que sencillez (una palabra algo manoseada en literatura), serenidad. (Clara Sánchez, http://www.elboomeran.com/blog-post/9/7213/clara-sanchez/martin-casariego/).

"La ya amplia obra narrativa de Martín Casariego (Madrid, 1962) tiene un rasgo infrecuente. Frente a la tendencia común de los escritores a ver la realidad desde una perspectiva constante, el madrileño ofrece un sentido de la existencia que oscila en distintos libros de la visión positiva a la negativa. No es algo caprichoso o contradictorio sino el resultado de observar el mundo en su complejidad. De alguna manera, ahora, en La jauría y la niebla acomete una especie de síntesis de ambas posturas. Por un lado, hace un relato implacable en el que sale lo peor de la naturaleza humana, esos comportamientos que hacen que cualquier persona sensible sienta vergüenza de pertenecer a semejante especie. Por otro, fluye un fondo de ternura, de bondad y, en último término, de esperanza que se corrobora en las páginas finales, donde se halla un manifiesto de confianza en el futuro remachado con una estampa paternal. Para mostrar en un solo relato ambas dimensiones, Casariego dispone un intenso conflicto desarrollado en varias líneas narrativas que confluyen en una trama.[...] Hay que añadir a estas cuestiones varios temas más (las relaciones personales, el sentimiento amoroso, la lealtad) y con todo ello se forma un bucle de motivos en el que otro más alcanza autonomía. Se trata de la violencia. Con la tierna y desvalida figura de Ander se aborda un asunto que de vez en cuando conmociona a la sociedad aunque rara vez llega a la literatura: el acoso escolar de trágicas consecuencias. Casariego le da una dimensión a la vez antropológica, sociológica e ideológica. Lo primero lleva a un problema genérico, la disolución de la individualidad a favor del grupo para hacerse fuerte y sojuzgar al débil. Las otras dos dimensiones aparecen conjuntas porque la anécdota, la tragedia íntima de Ander, la sitúa en el ambiente vasco de reivindicación de raza, de odio al diferente y de xenofobia. La trama referida a la situación social en el País Vasco se presenta con mucho coraje, tiene un fuerte componente de denuncia y alcanza una intensidad literaria muy grande, un dramatismo auténticamente revulsivo. Se ve ahí la capacidad de Casariego para explorar conciencias y tanto en ello como en el tratamiento general de los personajes (en especial en la indagación en las relaciones del escritor con la profesora) se nota su destreza en la indagación psicologista". (Santos Sanz Villanueva, El Cultural).



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