La jauría y la niebla : Primer capítulo


1

Aire para respirar. Por la boca levemente abierta entraba el justo para seguir viviendo. Se detuvo ante el arranque de la escalera. Era como un pez en un pantalán. Un poco mejor: a un pez fuera del agua no le entra ni siquiera ese mínimo oxígeno. Cada escalón era un gran obstáculo. Había leído en un periódico que en cada bocanada de aire que respiramos hay cerca de mil ochocientos microorganismos diferentes, entre microbios y bacterias. Reunió fuerzas. Un peldaño. Luego otro. Intentó respirar más hondo, infectarse, pero no lo consiguió. Le faltaban diecinueve. Empezó a cantar en su fuero interno la canción del prehistórico disco de vinilo de su padre, Wish you were here . So / So you think you can tell , dieciocho… Las piernas le dolían. Diecisiete, blue skies from pain , dieciséis, quince, un equipo de rugby, catorce, la edad que tenía. Siguió subiendo. Cada movimiento era una tortura que debía infligirse sin ánimo ni esperanza, trece, sin un fin que justificara tanto dolor. Le faltaban doce, once, un equipo de fútbol. Intentó concentrarse en sus cordones. ¿Desde hace cuánto los tenía? Uno estaba ya roto, pero su largura aún permitía hacer una lazada. Eran los que venían con los zapatos. Tenían, pues, un año apenas. ¿Y quién había comprado los zapatos? Él, acompañado por su madre, diez. O más bien su madre, seguida a regañadientes por él. Un número mayor que el suyo, para que le duraran más, nueve, y ya empezaban a quedarle pequeños. Los muslos le dolían horriblemente, ocho, pero lo importante era no pensar en ello y no quedarse paralizado. Siete, ¿Cómo has entrado? , un equipo de balonmano, seis, cinco, un equipo de baloncesto, los dedos de una mano o de un pie, una bocanada de aire, si pudiera llenar los pulmones. Cuatro, tres, Tengo muchos poderes , dos, un doble de tenis. Miró con una mezcla de odio y aprensión el último peldaño. Avanzó el pie derecho hasta posarlo en el piso superior. Únicamente le restaba cargar su peso en la pierna derecha, impulsarse con el muslo, inclinar el cuerpo hacia delante para apoyar el movimiento, y desplazar el pie izquierdo hasta ponerlo en el suelo. Había llegado al final, la cumbre del Everest. Volvió a detenerse para recuperarse del esfuerzo, risible y titánico a la vez. Se le ocurrió un chiste macabro para montañeros, Ever rest , descanso eterno, si su pobre inglés no le fallaba. Unos metros más allá estaba la puerta de su clase, la primera del pasillo. Un nuevo sacrificio, un pie después del otro, un pie después del otro, un pie detrás del otro, un pie delante del otro, y alcanzó la puerta de madera pintada de blanco. Otra vez esa sensación en la nuca, en los hombros, como si algo le chupara las escasas energías que le quedaban. Logró que en los pulmones entrara más aire. Abrió la puerta y, mirando hacia el suelo, viejas losas agrietadas, se dirigió hacia su pupitre.

-Hola, Ander.

-¿Qué tal, Ander?

-Buenos días, Ander.

-Llegas tarde, Ander.

-Hola, hola, hola, Caminero, contesta, mal educado, hola, barrendero.

Sin levantar la vista, se quitó la mochila (al hacerlo, notó que sus hombros se liberaban, que el dolor del cansancio ascendía y escapaba por el cuello, como si su espalda hubiera soportado un gran peso), y ocupó su asiento, en la segunda fila, junto a la ventana. Escuchó la voz del profesor, a escasos metros, áspera, hostil, esa voz que no había mandado callar a los alumnos que habían roto la disciplina de la clase para zaherirle con sus burlones saludos.

-¿Otra vez tarde, Muñoz Caminero? ¿Tan poco te gusta estar con nosotros? Te recuerdo que mañana hay examen, y el que no llegue en punto, no entra.

Se había puesto el despertador media hora antes de lo normal para llegar a tiempo, pero no contestó. Continuaba sin alzar la vista. Sentía la del profesor clavada en él, en su frente, en su flequillo, en sus hombros caídos. El despertador había sonado cuando él llevaba ya tres horas despierto, ¿Cómo has entrado?, Tengo muchos poderes. Sacó el libro de la cajonera. Se lo había olvidado la víspera, y ya fuera, a la puerta del instituto, al acordarse de él, había preferido no volver a entrar. Miró de reojo al de Asun, para ver por qué lección estaban. Su compañera tapó el título, pero pudo ver el número de la página. 48. Abrió su libro. Entre las páginas 48 y 49 alguien había puesto dos cabezas de anchoa.

Mucho peor que un pez en el pantalán.

Porque el pez boqueaba buscando la vida, y él tenía ganas de morir.