| La hija del coronel: Primer capítulo |
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El coche circulaba por la carretera asfaltada a ochenta por hora, no daba para mucho más, con las luces largas, que no iluminaban demasiado. -Es esa desviación, ahí, a la izquierda. El conductor llevó la mano a la palanca de cambios, a la derecha del volante, redujo una marcha, otra, y giró en segunda, por el camino de tierra. Unas enormes tinajas de barro cocido señalaban la entrada a la finca. Apenas habían avanzado cincuenta o sesenta metros, cuando el hombre que no conducía volvió a hablar. -Para, me estoy meando.
Se detuvieron a la altura de unos cuantos chopos, que crecían aprovechando la humedad de una pequeña vaguada. El legionario que no conducía aguardó a que el otro, que había ingerido mucha cerveza, bajara primero. Fue andando, con una decisión que disimulaba los tumbos que daba, hasta los árboles, y empezó a orinar. El legionario que no conducía abrió la guantera del coche, sacó la pistola que allí había visto guardar
y comprobó que estaba cargada. Después, la
montó, y al hacerlo, un cartucho salió expulsado. No se molestó
en buscarlo y quitó el seguro a la pistola. El ruido metálico hizo
que la mujer que se sentaba atrás se sobresaltara. Sus ojos casi
negros brillaban en la oscuridad como incrustaciones de mica. El
legionario sintió el miedo a sus espaldas, y se volvió.
-No
es nada -dijo para tranquilizarla-. Sólo divertirnos. Salió
del coche y cerró la puerta. Una suave brisa hacía temblar las
hojas de los chopos. La luna era una guadaña de plata. Se puso a
las espaldas del otro, que seguía meando. No era una cólera fría
la que le dominaba, ni tampoco una cólera caliente, era una
lejanía de robot la que guiaba sus actos. Aun así, no se decidió
a dispararle por la espalda: nadie merece morir como si estuviera
huyendo, y menos un compañero en la camisa verde. Dio un pequeño
rodeo y se situó de frente. Esperó a que el otro se guardara la
minga, mientras farfullaba algo ininteligible. Cuando terminó,
alzó, por fin, la vista. Sus miradas, turbia la del que acababa de
mear, remota la del que empuñaba el arma, se encontraron sólo
durante un segundo. Apuntó al pecho y disparó tres veces seguidas.
El otro aguantó de pie los impactos, aunque retrocedió dos pasos.
El se acercó, y evitando mirarle nuevamente a los ojos, le
descerrajó un cuarto tiro en la cabeza. Más tarde, por el
atestado, supo que uno de los disparos, el primero, le había
fracturado la clavícula izquierda, produciendo un importante
desgarro muscular en el trapecio. El segundo proyectil había
atravesado la base del pulmón derecho y el diafragma, para quedar
alojado en el hígado. El tercero, mortal, atravesó la pared
torácica, el corazón y una porción de la aorta, provocando una
importante hemorragia. En realidad, con ése hubiera bastado. El
cuarto, el último, innecesario salvo para acelerar el resultado
final, le había entrado por la frente y salido por la nuca, con
pérdida de masa encefálica, causándole la muerte instantánea. El
legionario que empuñaba la pistola se volvió. Había oído abrirse
la puerta. La mujer, una sombra encogida, muda, se acercaba, se
acercaba hacia ellos, o hacia él y el muerto. Se miraron sin decir
palabra. Ella se arrodilló, se abrazó al cadáver, y comenzó a
lamentarse y a gimotear. El no quería que ella sufriera. En
realidad, no quería que nadie sufriera. El quinto disparo, que
saltó la tapa de los sesos de la mujer, sirvió para unirles en la
muerte tanto o más de lo que lo habían estado en la vida.
Arrastró los cadáveres y los ocultó en la hondonada, entre las
hierbas y los matorrales que crecían junto a los chopos. En un
charco, hundiéndola en el fango, se deshizo del arma. Todavía
no muy consciente de lo que acababa de hacer, todavía como si
alguien manipulara unos mandos y le dirigiera por control remoto,
todavía ajeno, el legionario montó en el coche y se dirigió hacia
el cortijo.
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