El chico que imitaba a Roberto Carlos (Anaya, 1996).


Sinopsis: Son los meses de verano en un barrio modesto de una gran ciudad. El narrador y Alber se entretienen haciendo pintadas reivindicativas. El narrador tiene como modelo a su hermano mayor, un chico solitario enamorado de Sira. En las fiestas, el hermano mayor canta canciones de Roberto Carlos, lo que le vale las burlas de los chicos de su edad. Cuando Alber y el narrador, por una tonta apuesta, tienen que hacer una pintada en la casa nueva del prohombre del barrio, el chico que imita a Roberto Carlos les ayudará.

Visión personal de Martín: Bastantes años antes, había escrito un relato que permanece inédito sobre dos amigos que viven en la periferia y se dedican a hacer pintadas de protesta, y en el que uno de ellos se enamoraba platónicamente de una chica mayor que, lógicamente, no le hacía ni caso. El mundo de las pintadas me había atraído a partir de un artículo de la desaparecida revista Sur Exprés. A eso se sumó posteriormente el deseo de escribir sobre dos hermanos, sobre los lazos de la fraternidad, y sobre lo misterioso que puede resultar el mundo de los mayores para quien aún no es adulto. También, el recuerdo del único perro que hemos tenido en mi familia, alguna noticia periodística que refleja lo absurda que puede ser la vida, y la reflexión de que lo que importa es cómo somos en realidad, y no las etiquetas que tan fácilmente nos cuelgan o nos colgamos. En las primeras líneas explico –mediante la voz del hermano pequeño, el narrador– qué debe ser la literatura para mí: una mezcla de aprendizaje y diversión, de conocimiento y placer. Cuando la estaba corrigiendo, el Madrid fichó a Roberto Carlos. Ahora, claro, todo el mundo, sobre todo los jóvenes, cree que la novela tiene algo que ver con el futbolista. A éste, por cierto, le pusieron ese nombre en honor al cantante al que se refiere el título. Prácticamente nada de lo que les ocurre al narrador o al chico que imitaba a Roberto Carlos me ha ocurrido a mí, y el barrio en el que he crecido es muy diferente al suyo. Sin embargo, emocionalmente, la considero casi una novela autobiográfica. Quizá ésa sea la razón por la que evité dar un nombre a los dos hermanos protagonistas.

La crítica ha dicho:

"Resulta casi imposible apresar un trozo de vida en unas páginas, pero Martín Casariego lo consigue en esta narración llena de fuerza y ternura, verdadero ejercicio estilístico, servido a través de un lenguaje escueto, evocador unas veces, y más ágil, por la utilización de la jerga propia de este ambiente, en otras". (CLIJ).

"Una relación especial entre dos hermanos. Las dudas, zozobras y sueños de la adolescencia. Martín Casariego vuelve a demostrar que se siente cómodo con el público juvenil, aunque esta obra es igualmente recomendable para el adulto". (Emma Rodríguez, El Mundo-La Revista).

"¿Es posible ser un tío legal y adorar a un hermano cuya mayor afición es cantar canciones de Roberto Carlos, como El gato que está triste y azul? Martín Casariego asegura que sí y lo hace con tal convicción, amores, peleas y asesinatos por medio, que incluso tú mismo terminas adorándolo. Lee, lee, y verás" (El País de las Tentaciones).