El chico que imitaba a Roberto Carlos: Primer capítulo


 

¿Os gusta escuchar historias? ¿Os gusta estar tumbados y que alguien cuente algo y que las palabras fluyan y vosotros no tengáis que hacer más esfuerzo que mantener los oídos abiertos? A mí sí, porque te olvidas de tus problemas y encima puedes sacar algo en limpio, alguna enseñanza que te sea útil, escarmentar en cabeza ajena, que es la mejor manera de escarmentar, como quien dice. Por eso, cuando mi padre me mandaba a por tabaco a Los Moscas, el bar de abajo, nunca me importaba, y a veces tardaba un rato en subir, porque me encontraba al Alicates, en la barra, contando alguna historia del barrio, como la del abuelo de la Dientes, el día en que nos robaron el partido y el Fénix se quedó sin ascender a Tercera, de eso haría ya veinte años, y al abuelo de la Dientes casi le matan, porque le confundieron con el árbitro, y tuvo que salvarle una pareja de la Guardia Civil, que entonces aún llevaba tricornio.

El tabaco siempre me lo daba la Chari, que era pequeñaja y chupada como un hueso echado al caldo, y siempre me miraba con desconfianza, como diciendo: tan jovencillo y ya con vicios, aunque sabía perfectamente que el tabaco era para mi padre, y además, con dos años menos que yo ya los había que fumaban. El Alicates decía que la Chari era fea pero honrada, y que ambas cosas muy a su pesar. Y si el Alicates estaba contando, por ejemplo, la historia del abuelo de la Dientes, u otra cualquiera, me quedaba un rato escuchando, y cuando volvía, mi padre me regañaba por tardar tanto, aunque normalmente me daba las vueltas de propina.

Pero la historia que os voy a contar no es la del abuelo de la Dientes, ni la del Alicates, ni siquiera la de mi padre, sino la de un negro que no era negro y la de un cabeza rapada que no era un cabeza rapada, y también la de dos amigos que hacían pintadas, y, sobre todo, la de un chico que era el hermano mayor de uno de ellos y que en los bautizos y en las bodas, cuando se lo pedían los mayores, los de cierta edad, cantaba canciones de Roberto Carlos. Tampoco es la historia de un loro verde, porque al final ni yo ni nadie nos lo compramos, por mucho que Sandra, la hermana de Alber, me lo dijera cada dos por tres. Qué pena, ¿verdad?, no tener un loro verde o rojo o del color que le diera la gana, un loro que no parara de hablar, porque entonces, si el tiempo es eterno, ese loro, como el mono que escribe a máquina, en algún momento contaría esta historia, o una mucho mejor, y yo podría escucharla, tumbado en la cama, amodorrado, dejándome invadir sin esfuerzo, con los ojos semicerrados y los oídos abiertos...