Qué te voy a contar: Primer capítulo


 

Así que yo nunca la había querido. El sol de agosto terminará por calcinarme como si yo fuera un hueso abandonado en el desierto de Argelia y además por mi propia voluntad, tengo que reconocerlo, me convertirá en polvo y se esparcirán mis cenizas al viento y a mí no me importará demasiado y llegarán mis padres y avisarán a la policía y me darán por desaparecido. Pero, mientras, recuerdo una tarde en la que el sol se mostró más tranquilo e incluso vio suavizado su castigo por un chaparrón. El chaparrón nos había pillado inesperadamente en plena calle, y corrimos a protegernos bajo un toldo sucio y lleno de rotos, apretujados entre mucha gente. Enseguida cesó y el sol volvió a machacarnos como si nada hubiera pasado, entonces yo pregunté:

 -¿Por qué? 

Ella tardó unos instantes en responder, aparentemente fascinada por el niño medio idiota que berreaba a escasos metros de nosotros y que había perdido el helado por culpa del lío que había organizado el chaparrón ése. Por fin se decidió a mirarme, y tengo que decir que jugaba con ventaja, tenía unos ojos preciosos, qué tía, juntó sus manos y una de sus cejas se arqueó levísimamente y si al parpadear mis ojos hicieran fotografías la habría convertido en una modelo famosa de portada del Vogue. Un coche se paró en el disco, y por sus ventanas escapaba Eve of Destruction, un pedazo de canción de Barry McGuire con más años que yo.

-Porque nunca me has querido.

La derecha, había sido la ceja derecha, lo supe al recordarlo porque ella nunca arqueaba la ceja izquierda, y eso que para muchas cosas era zurda, por ejemplo escribiendo postales o jugando al baloncesto o disparando con la pistola de perdigones. Qué tía, parecía una actriz...

Así que yo nunca la había querido. Era mentira, claro, en realidad yo siempre la había querido, puede que incluso desde el primer segundo, y desde luego hasta el último, hasta ahora, pero no protesté, resultaba tan increíble... Yo se lo había dicho montones de veces y de muchas maneras, aunque con palabras solamente dos (y la segunda en qué situación, además yo creo que ni me oyó, ésa es la verdad, de todas formas tarde o temprano tendré que tocar este asunto con más detalle) y quizás ella se refiriera a eso, quizás las palabras sean mucho más eficaces por mucho que se diga lo de la imagen. Eve of Destruction se alejó al ponerse verde el disco y creo recordar que en aquel momento –y por favor que nadie me pregunte por qué, y además estoy en mi perfecto derecho– pensé en las tartas de fresa que me hacía mi abuela y los bizcochos con chocolate, y ya sé que eso no tiene una explicación lógica ni normal, pero es que yo, aunque sea normal y sea una persona como usted o como yo, no termino de ser lógico del todo.

-¿Es definitivo? ¿Lo has pensado?

-Sí.

Bueno, a veces se piensan tonterías. Puse mi mano en su mandíbula y la atraje hacia mí, al principio se resistió un poco, pero con buen criterio prefirió no saber con seguridad si yo estaba dispuesto a desencajársela o no, nos besamos con una pasión que hubiera cabido en el bolsillito para monedas de sus vaqueros, y tengo que decir que siempre los llevaba bastante ceñidos. De todas maneras se la hubiera desencajado, palabra, y no es por fanfarronear ni por darme importancia, pero es que a veces pierdo los estribos y no sé ni lo que hago.

-Hasta luego, chica.

Quería estar solo, pensar algo. Mierda. Recuerdo muy bien que eso fue lo primero que pensé: mierda, apenas andados unos pasos, y es que ése era el resumen más exacto que se podía hacer: una mierda. Me volví y ella estaba mirándome, esforzándose por no llorar, o quizá lloraba. Tengo más pelotas que un chapolín, pero de cuando en cuando flaqueo, soy demasiado sentimental. Como no llevaba las gafas y me había separado ya varios metros no veía ni torta. Pero en fin, siempre me gusta pensar que las chicas lloran cuando las dejo, lo encuentro natural. Deshice el camino y la borrosa imagen recobró su espléndida nitidez: sus labios, sus cejas pobladas, su nariz delgada, su pelo largo y ondulado, sus ojos azules y... más secos que la arena del Sáhara. Casi me enfadé, la cosa no era para menos: cómo fiarse de una chica así. Nos abrazamos. Fracasé en el intento de contener un estornudo, y es que los estornudos no son demasiado oportunos y vienen cuando les da la gana, y me sorprendí a mí mismo diciendo:

-Te quiero, Rosemary.

Ésa fue la tercera vez que le dije que la quería, y me salió sin ningún esfuerzo, casi sin enterarme. Creo que es un reflejo protector que tengo cuando veo que la situación está que arde, algo así como retirar la mano cuando te has quemado con la sartén. Rosemary, menudo nombrecito. Pero la culpa no era suya del todo, su madre era norteamericana, de WoodIand Park, Colorado, y se llamaba así: Rosemary, menudo nombrecito, el de la madre, creo que en sus parajes nativos no suena tan hortera, es incluso un nombre corrientito, como aquí llamarse Carmen o Charito, y desde luego mucho mejor que llamarse Pitita o Eusebia. Al menos a ella, a Rosemary, a la hija, quiero decir, a ver si nos entendemos, le sentaba bien, pero es que le sentaban bien hasta las viruelas y si cogía un sarampión como mucho parecía que se le había ido la mano al ponerse el colorete, que por otra parte jamás se ponía. Quiero decir que incluso cuando se vestía con un traje horrible, uno de esos de noche con volantes y capa incluida, pongamos por caso, le sentaba de maravilla. En cambio a la madre, gorda y pecosa, de apellido Moore, muy simpática, cualquier vestido le sentaba mal, y si se lo quitaba, peor o dudoso. Lo sé porque un día fui a su casa a buscar a Rosemary hija, bueno, fui montones de veces, claro, pero ese día en concreto vi desnuda a Rosemary madre, tomando el sol, tan pancha, menudo espectáculo más deprimente y aniquilador, usted comprenderá. Le sobraban kilos (por no decir libras o galones) por todas partes, y aunque no hizo ni ademán de taparse yo ni siquiera me empalmé. A veces tenía pesadillas con aquello, soñaba que Rosemary hija se convertía en Rosemary madre a la semana de casarnos (porque soñé un par de veces que nos casábamos, aunque nunca tuve el mal gusto de decírselo, pasábamos la luna de miel en el desierto argelino, al lado de un oasis y comiendo dátiles y leche de coco, sin periódicos ni visitas organizadas ni cosas así). Por algunas fotos sabía que Rosemary madre había sido incluso delgada de joven, un tipo que no se lo saltaba un gitano, para ser más exactos, lo que naturalmente aumentaba mis recelos. Pero ya basta de hablar de Rosemary madre y de Rosemary hija, a partir de ahora sólo hablaré de mi Rosemary y no tendré que especificar a cuál de ellas me refiero, o llamaré Maryrose a la madre para no liarla. Aunque mi Rosemary lo que se dice mía mía no lo fue nunca en realidad, era un poco como mi cometa que servía de teléfono o algo parecido, y bien mirado es mejor así, porque si uno tiene un poquito de corazón y de sensibilidad descubre que casi todas las personas y los perros son un coñazo y es preferible que cada uno viva su propia vida. En fin, el caso es que ese nombre tan hortera me gusta, porque es suyo y se adaptaba a su cuerpo mejor que una malla de bailarina, y esto es una idiotez, pero es la clase de idiotez que podría gustarle a ella. La cuarta vez que le dije que la quería ya no sirvió de nada. Fue como regalar una chuleta a un gurú vegetariano, casi un insulto malintencionado. Yo pregunté:

-¿Es definitivo?

Y ella respondió:

-Sí.

Igual que la vez anterior, sólo que por lo visto esta vez iba completamente en serio y yo me había comido la tontería de si lo había pensado. Pero una de mis características es que doy unas leches cuadradas, como Rocky, y encajo mejor que él. Baste añadir al respecto que según el pirateado índice de Harper's, cuya lectura recomiendo, el mamón de Rocky lanza 115 puñetazos y recibe nada menos que 218 en no sé cuál de sus películas. Para mí es un principiante, nadie me ha noqueado todavía.

-Te quiero, Rosemary.

Aquella vez sí que lloraste, Rosemary, de rabia, o de pena, pero lo hiciste más por mí que por ti, lo que no era una buena señal precisamente, y eso significaba que todo era diferente, tú blanco y yo negro, tú sangre y yo cátsup, pero con la basura hacen plástico, y con el plástico cosas muy bonitas y absolutamente higiénicas, así que no es tan sencillo, tú lo sabes bien y por eso me gustabas, también por otras cosas, llevo años diciendo que este mundo es un lío, casi desde antes que Donna Hightower. Sólo una cosa parece segura: esta cerveza se ha calentado a marchas forzadas y la cerveza caliente me espanta, y no tengo ni puta idea de escribir, tenías razón, no es lo mismo escribir una novela que una carta al director. En fin, ya veremos. Después de lo de Rosemary ya nada pudo ser igual. Yo mentía constantemente, y aunque en ocasiones Rosemary me reprendía con severidad cuando me descubría, en el fondo eso le encantaba, y yo me defendía, mentir no es malo, algunas mentiras sí lo son, pero algunas verdades también, es como un cuchillo, depende del uso que se haga de ellas, ¿no? Bueno, por lo menos algo parecido decía mi profesor de Ética, que por cierto tenía orejas de soplillo. El día en que nos conocimos, te dije:

-Me recuerdas mucho a alguien.

Y añadí todo lo misteriosamente que pude:

-A alguien a quien quise mucho.

Era mentira, pero no sé por qué tú me creíste, quizás porque siempre estabas dispuesta a creértelo todo, más que a una cuestión de habilidad engañarte se reducía a una cuestión de sangre fría, y en ese sentido yo tengo algo de reptil, ésa es la verdad. Yo no quería conseguir nada con mis mentiras, ni siquiera mentir era un fin en sí mismo. Estaba desconcertado, como un lagarto rodeado por un círculo de fuego. Pero en fin, Rosemary, qué te voy a contar que no sepas ya, si fuiste tú quien me dijo que son los escorpiones los que al verse rodeados por el fuego se pegan un picotazo a ellos mismos que se quedan secos, y nosotros lo encontramos divertido y hasta gracioso y nos fumamos un puro, como si no fuese algo horrible y dramático, algo que debiera avergonzarnos, algo que...