Qué poca prisa se da el amor (Anaya, 1997).


Sinopsis: Alejandro es un excelente estudiante, que sin embargo ha sacado un 0,5 en selectividad, por lo que tiene que quedarse en verano estudiando. Como ya sabe todo, se distrae leyendo libros de etnología, viajes y exploraciones, y se lamenta de no haber vivido todavía una historia de amor sin darse cuenta de que ya ha empezado a vivirla: Maite, la chica que acude a limpiar todas las mañanas a su casa, para ahorrar dinero y poderse pagar los estudios, tiene problemas con su novio y ha empezado a fijarse en Alejandro.

Visión personal de Martín: La empecé nada más terminar La hija del coronel. Necesitaba hacer una novela diametralmente opuesta; frente a la turbiedad del mundo legionario y melillense en la época franquista, la limpieza y aparente despreocupación de unos jóvenes estudiantes; frente a las aventuras de José, sus situaciones extremas, el riesgo de la muerte violenta, la tranquilidad de la vida de Alejandro, cuyos sobresaltos y emociones son únicamente sentimentales, interiores; frente al aire de tragedia clásica de la historia de María y el legionario, la ironía, el humor y la ternura casi infantil. Eso convertía el proyecto en un reto: conseguir mantener el interés y la atención del lector con muy poca cosa, sin ases en la manga, sin golpes de efecto. Para ello era doblemente importante el lenguaje, los hallazgos expresivos, el juego del narrador, que se entromete algo en la historia que está contando. Sé que para algunos esta novela puede parecer poca cosa; otros lectores, en cambio, comprenderán las dificultades que entrañaba. A Maite y a Alejandro les pasa lo que nos ha pasado a todos: son víctimas de algunos malentendidos, o de su orgullo e inseguridad, fingen, no se atreven a expresar lo que piensan ni lo que sienten e incluso dicen lo contrario, ocultan su interés por el otro. Él se enamora de una chica que tiene novio y tiene que hacer algo por conquistarla, a ella le empieza a gustar otro y tiene que pasar el desagradable trago de romper con su pareja, se emocionan y se creen que la vida les va en este empeño... No es una casualidad que el nombre de la protagonista coincida, primer apellido incluido, con el de la mujer más importante de mi vida. Cuando escribía Qué poca prisa se da el amor, estaba llegando esa tortuga por la que el impaciente Alejandro suspira, veinte años más tarde de lo que le llega a él. Ésa era una de las paradojas que me divertía mientras la escribía: somos mucho más impacientes a los quince años, cuando tenemos mucho más tiempo por delante, que a los treinta y cinco… La primera edición salió con una molesta errata en la primera página ("a boleo" en lugar de "a voleo") y en las dos siguientes el error no se subsanó, pues las sacaron sin darme la oportunidad de corregir pruebas. Afortunadamente, en posteriores ediciones el error se corrigió.

La crítica ha dicho:

"Hay una perfecta correspondencia entre la espontánea y contradictoria explosión de amor y la perspectiva sencilla y entrañable del narrador. El resultado es una historia ágil, de valores positivos, preñada de cordialidad, perspicaz en pequeños matices psicológicos y que deja un perfume de esperanza y ternura. Lo más difícil era que la sentimentalina no degradara un orbe bastante inocente, pero Casariego controla bien los límites de la ingenuidad y el ternurismo". (Santos Sanz Villanueva, Revista de Libros).

"A buen seguro, el éxito de este escritor entre los lectores más jóvenes se debe a que no se deja llevar ni por el didactismo ni por la moralina. Tampoco se entrega a esa exacerbación de lo políticamente correcto en lo que incurren otros con demasiada frecuencia. Es propósito de Casariego retratar el mundo tal como es, sin idealizarlo, y bien que lo consigue en Qué poca prisa se da el amor. De ahí que la obra, como toda buena literatura, también sea adecuada para un lector de sesenta años". (Javier Memba, El Mundo-La Esfera).