El capitán Miguel y el misterio de la daga milanesa : Primer capítulo y fragmento del capítulo 4


1

Miguel

Miguel estaba tumbado, para que no se le viera. Le vigilaba, con la nariz entre los barrotes del balcón.

Avanzaba por la calle, atento, mirando a derecha e izquierda. Iba vestido y andaba sobre dos patas, pero lo hacía de una forma especial, ágil y en tensión, como dispuesto a saltar en cualquier momento. Llevaba una elegante gabardina, seguramente para disimular la cola, un sombrero y unas gafas oscuras, para ocultar el rostro. Ya estaba llegando a su portal...

Miguel contuvo la respiración.

Pasó de largo. Miguel respiró, aliviado.

Pero, repentinamente, volvió sobre sus pasos, se detuvo ante el portal y miró hacia arriba.

Miguel se echó hacia atrás y, con el corazón latiéndole violentamente, cerró la ventana y la contraventana. Fue después a la entrada. Pegó el oído a la puerta, tras echar el cerrojo.

Nada.

De pronto, sonó el ascensor. La puerta que se abría y unos pasos que se acercaban. No se atrevió a espiar por la mirilla.

Silencio. Y tras unos segundos, el cerrojo comenzó a descorrerse lentamente. Miguel lo miraba como hipnotizado, incapaz de reaccionar.

Con un chasquido, se abrió del todo y, como si ese sonido hubiera sido un remedio para su parálisis, Miguel se dio la vuelta y corrió hacia su cuarto, pensando desesperadamente en encontrar un escondite seguro. No se le ocurría ninguno.

Oyó que la puerta de la casa se abría. Tiró los almohadones de la cama al suelo, se metió entre ellos y se cubrió con la colcha.

Aguardó con los ojos cerrados. Pidió ayuda a Dios. ¿Por qué estaba solo, a dónde habían ido sus padres y su hermano?

Oyó los pasos en el pasillo, que se detenían ante la puerta de su cuarto.

El lobo entró. Miguel contuvo la respiración. Oía la del lobo, ronca y poderosa.

De golpe, la colcha que lo tapaba salió volando de un tirón.

El lobo le miraba con expresión triunfal.

—¡Ya te tengo! Y con su lengua grande y roja y babeante se relamió.

 

 

4 (fragmento)

Han vuelto los crímenes

–Capitán Navarro —dijo Monroy, dirigiéndose a Miguel y pasando por alto el ácido comentario del marqués—. Ya he pedido que, mientras dure la investigación, quede vuesa merced libre de todo deber y responsabilidad de servicio, por insignificantes que fueren.

Miguel inclinó la cabeza, en señal de agradecimiento y respeto.

—Y ahora dejadme solo, antes de que el recuerdo de Pavía llame a mi pierna y pague mi mal humor con vuesas mercedes.

Con esas palabras Monroy daba por finalizada la reunión, pero el capitán tenía aún una pregunta en la punta de la lengua.

—¿Y dónde fue hallado exactamente el desdichado don Ramiro?

—Junto a la fuente de los Castaños. Quizá el muchacho y el lobo sintieron sed a la vez. De agua el mozo, de sangre la bestia.

Antes de abandonar la estancia, Miguel oyó que el padre de Rosalba preguntaba a su mayordomo:

—Por cierto, don Julián, ¿ha visto vuesa merced mi ejemplar de la Tragicomedia de Calisto y Melibea? Estaba seguro de haberlo dejado aquí, pero desde ayer por la noche no lo encuentro.

—Pues no, don Isidoro. Por cierto, tampoco ha aparecido Il principe por ninguna parte.

—Es como si los libros tuvieran duendes traviesos en este hogar —rezongó Monroy—. Se ausentan y retornan como por ensalmo...