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A veces las cosas suceden así.
Mateo, que volvía de jugar al baloncesto con Carlos, estaba esperando
a que el semáforo se pusiera verde para los peatones. Enfrente
había un grupo de unas veinte personas aguardando el mismo cambio.
Sin poder imaginar todavía que iba a ser decisiva en su vida,
Mateo seleccionó de entre ese grupo a una chica que tendría
aproximadamente su misma edad, con una cabellera oscura y limpia que
le llegaba justo por debajo de los hombros. Llevaba una camiseta bastante
ceñida, pantalones cortos y zapatillas. Iba sola.
El peatón rojo y quieto se apaga, y se enciende el verde y andante,
los automóviles se detienen y los dos grupos enfrentados se ponen
en movimiento, como dos hordas que se lanzan al ataque. Las filas se
mezclan, al igual que en una verdadera batalla, pero no hay caídos
y ambas oleadas traspasan las líneas enemigas. Mateo no apartó
los ojos de la chica -a la que, por supuesto, no iba a atreverse a decir
nada-, que le miró durante un interminable segundo antes de desviar
la vista. Mateo, alcanzando ya el otro lado, pensó que podría
enamorarse de ella. Pero eso lo había pensado mil veces, mil
caras fugaces, mil sueños que pronto olvidaba. De cualquier chica
guapa, o mona, o interesante, o atractiva, Mateo se imaginaba que era,
además, dulce (aunque con carácter), simpática,
encantadora, inteligente e intrépida; y, por si fuera poco, que
él, Mateo, la tenía en el bote. Resumiendo: se enamoraba.
El resultado de estas fantasías era que se había enamorado
mil veces durante cinco segundos, que es como no haberse enamorado jamás,
porque el amor necesita tiempo para asentarse: si no, equivale a un
soplo de aire, que puede refrescar por un momento, sí, pero que
desaparece sin dejar rastro.
Justo al plantar el pie derecho en el bordillo, Mateo recordó
que en la manta que un negro tenía extendida en el suelo, en
la otra acera, había visto un cedé que le interesaba,
y decidió volver sobre sus pasos: costaba sólo tres euros.
¿Es el azar, o es el destino? ¿Son el azar y el destino
la misma cosa, con nombres diferentes? El caso es que la chica también
había empezado a desandar el camino, y de nuevo caminaron frente
a frente, y de nuevo se miraron, ahora sorprendidos por esta especie
de repetición, aunque en dirección contraria, los puestos
cambiados. Y, cuando llegaron a la mediana, se tuvieron que parar: el
tímido peatón enrojeció, y los coches aceleraron.
Los dos se quedaron, pues, presos del tráfico en mitad de la
calle, esperando a que el disco cambiara de nuevo y les permitiera cruzar
sin peligro. Mateo, hasta ese día, solamente había sido
valiente con alguna chica en contadas ocasiones. Su último acercamiento
se había saldado con un completo fracaso, pero, por suerte, también
las heridas en el alma acaban por cicatrizar. Y como del último
intento habían pasado ya seis meses, Mateo había reconstruido
su Armada Invencible, y se sintió con fuerzas para el combate.
La chavala le miró un instante, y Mateo no desaprovechó
la ocasión.
–Qué casualidad –comentó–. Yo también he tenido
que volver atrás.
La desconocida –ya medio conocida– no dijo esta boca es mía.
Le gustaba el desconocido –ya medio conocido–, por el que se sentía
misteriosamente atraída; pero, por esa misma razón, confundida,
prefirió guardar silencio mientras intentaba analizar qué
estaba sintiendo verdaderamente. Mateo no se arredró y empezó
a hablar mirando al frente:
–Vivo en una casa que vale diez millones de euros, con piscina, jardín,
discoteca, gimnasio y sala de cine, tengo un montón de amigos,
apruebo siempre sin dar ni golpe porque soy el más listo de la
clase, y... –Mateo miró ahora de reojo a la chica–... soy el
amante secreto de Claudia Schiffer.
Naturalmente, la chica –esperaremos a saber su nombre a que Mateo se
lo pregunte– pensó, decepcionada, que pocas veces había
estado tan cerca de un imbécil de semejante calibre (y mira que
conocía imbéciles). Mateo, que suponía que su compañera
de mediana estaba pensando exactamente eso, aguardó unos segundos
para pronunciar la frase que podría salvarle. Se volvió
hacia la chica, y dijo, intentando sonreír:
–He dicho todas esas memeces para ver si el monigote se ponía
verde de envidia y poder cruzar de una vez.
Mateo notó que los ojos de la chica sonreían.
–¿Así que todo eso que has dicho era mentira?
–Sí. Bueno, menos lo de Claudia Schiffer.
Como ella no se rió, se apresuró en volver a hablar:
–Quería comprar un cedé, y al cruzar, me he acordado de
que sí tenía dinero…¿Y tú? ¿Por qué
has vuelto a cruzar?
Será cotilla, pensó ella. Pero contestó:
–Pues porque me olvidé de un recado. Iba distraída.
–¿Qué pensaste antes? ¿Que era medio idiota?
Ella se encogió de hombros.
–Medio, no: entero.
–¿Y ahora?
–Ahora no sé –dijo, cauta.
El disco se puso naranja. Sus caminos iban a separarse sin que su esfuerzo
valiera de nada. ¿Qué hacer? ¿Y si le proponía
una cita? Mateo notó cómo una oleada de calor le subía
por el cuello e invadía las orejas. Saber que se estaba ruborizando
hasta las raíces del cabello no era una ayuda. De pronto, una
inspiración: ¿qué más daba que ella pasase?
No la volvería a ver en su vida. Esto, claro, lo había
pensado muchas otras veces sin que fuera suficiente para animarle, pero,
quién sabe por qué, en esta ocasión funcionó
(por eso lo estamos contando, por eso hay aquí una historia),
y Mateo se decidió justo en el momento en que el semáforo
se ponía verde para los peatones.
–Oye… Me gustaría quedar contigo un día. Ir al cine, o
a tomar algo… Lo que te apetezca. Ya sé que no nos conocemos
de nada, pero... –Mateo titubeaba, nervioso-. Antes de contestar, no
pienses: ¿por qué sí? Piensa: ¿por qué
no?
Ya está. Mateo se había tirado a la piscina. ¿Agua
o cemento?
–Vale.
¡Agua! A Mateo se le pasó el calor, como si de verdad se
hubiera dado un chapuzón. Ella añadió:
–Aquí mismo, el sábado que viene.
Y como Mateo continuara sin despegar los labios:
–A las siete.
Claro que, si el primer sorprendido había sido él, la
primera sorprendida había sido ella: no sabía por qué
había aceptado. Y encima, para ponérselo aún más
fácil, hasta le había dicho el lugar y la hora.
Mateo dijo:
–De acuerdo.
Y pensó qué decir a continuación. Permanecer callados
era muy incómodo, pero no se le ocurría nada. Además,
prefería no abrir la boca a abrirla y estropearlo todo. Justo
antes de que la situación se volviera tensa, el peatón
verde acudió en su ayuda, poniéndose intermitente.
–Bueno… –dijo ella–. ¿No tenías tanta prisa en que se
pusiera verde? Pues aprovecha antes de que vuelva a cambiar.
¿Coqueteaba? ¿Le molestaba ahora que él hubiera
querido separarse? En cualquier caso, excelente señal. Cada uno
siguió su camino. Mateo avanzó dos pasos, pensando: si
ella se vuelve para mirarme, es que le he gustado. Se dio la vuelta.
La chica, de espaldas a él, seguía caminando sin girar
la cabeza. Bah, pensó Mateo: eso no habría querido decir
nada.
Y justo cuando ella desapareció de su vista, a Mateo se le ocurrió
qué podía haber dicho: por ejemplo, preguntarle su nombre.
Para eso no hacía falta tener el coeficiente intelectual de Einstein,
cormorán.
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