Y decirte alguna estupidez, por ejemplo, te quiero: Primer capítulo


 

El amor es una estupidez, lo tengo comprobadísimo. Vuelve a la gente medio estúpida y le trastoca el carácter, y a lo mejor le hace más feliz, vale, pero eso no cambia nada, y por descontado que a los que ya son estúpidos no les vuelve inteligentes. Cuando voy por la calle y veo a alguien con una sonrisa bobalicona, pienso, ese tío debe de ser tonto de remate, pero a veces, cuando estoy en plan indulgente, añado para mis adentros: o estar enamorado de remate. Las declaraciones de guerra son aún peores que las declaraciones de amor, de acuerdo, pero eso no quita para que las de amor sean una estupidez. Además, las declaraciones de amor pueden acabar en guerra declarada o sin declarar, como les pasó a los padres de Cortázar. El que haya adivinado que estoy enamorado y se crea muy listo y sagaz elemental querido Watson por eso, seguro que es un fatuo, y si piensa que yo soy un estúpido, encima es un imbécil, porque enamorarse le puede pasar a cualquiera y nadie está a salvo. Yo, sin ir más lejos, me enamoré de Sara sin proponérmelo, empecé a quererla sin querer. Al volver de las vacaciones de verano, delante de los compañeros de clase me inventé una historia. Gobi -que quiere ser gigoló- y Cachito -que quiere ser dentista y forrarse a base de puentes y empastes- se habían burlado de Andrés, porque Andrés nunca había estado con una chica, así que cuando llegó mi turno, me inventé una aventura playera con una extranjera. La historia no era muy original, pero al menos la chica no era sueca, aunque su país empezaba también con S: era de Surinam, y desconozco si os habéis fijado o no, pero una S se parece a una serpiente y eso es una bonita casualidad. Esto causó una enorme expectación (lo de Surinam, claro, no lo de la serpiente). Según mi cuento, la chica tenía los ojos rasgados y la piel ligeramente amarilla, azafranada, pero a la vez muy tostada. Cuando sonó el timbre avisando de que empezaba la clase, me quedé un momento solo, y fue entonces cuando me entró una vergüenza tremenda por no haber ayudado a Andrés cuando se burlaron de él. Al entrar en clase, me fijé en una chica nueva que se había sentado en la primera fila, y pensé que se había sentado allí porque era la única en la que había dos sitios libres. Ella tenía un motivo muy diferente, pero yo aún no lo podía saber. Era Sara, claro. Tenía el pelo rubio. A mí que una chica sea rubia o morena me da igual, y eso no quiere decir que me gusten todas, sino que no tengo nada contra las rubias y tampoco contra las morenas, y me pasé media hora de la clase tomando apuntes, y la otra media hora pendiente de ver el rostro de la nueva.

-Juan -me llamó la atención el profesor de Geografía, que a veces salivaba en exceso y entonces parecía que era un chispito y los de la primera fila macetas de hortensias-. Juan, ¿te ocurre algo?

El profesor de Geografía me conocía del año pasado y yo le caía bien, no sé por qué. El también me caía bien a mí, y supongo que tampoco sabía por qué, aunque a lo mejor era porque yo le caía bien a él.

-No -dije, y me ruboricé, porque soy uno de los tres más tímidos de la clase.

Entonces la chica nueva se volvió y por fin vi su cara. Juro que me sonrió durante medio segundo y que ella también se ruborizó. Claro que a estas alturas de mi vida el que yo jure algo no significa necesariamente que sea verdad. Cuando digo algo, puede ser verdad o mentira. Cuando lo prometo, ya es más posible que sea verdad, y cuando lo juro, es bastante probable que lo sea. Pero seguro del todo, seguro cien por cien y pongo la mano en el fuego y que me caiga un rayo, eso nunca. Una vez le dije a Sara:

-Te lo juro.

Pero ella ya me conocía, y me dijo:

-Vale, pero... ¿Es verdad, o no?

Me quedé más desarmado que Gandhi, y comprendí que uno tiene que reservarse una parcela de credibilidad, porque si no llega un momento en que necesita ser creído y nadie le cree, como en el cuento de Pedro y el lobo, y uno se pone rabioso y en realidad sin razón, porque la culpa es suya. Así que dije:

-A partir de ahora, cuando os jure algo a ti, a mis padres o a mi hermano pequeño, te juro que siempre será verdad.

Pensé que eso tendría que cumplirlo y que me estaba metiendo en un lío, porque a lo mejor alguna vez necesitaba mentir a Sara o a mis padres y ya no iba a poder. A mi hermano pequeño no, a Zac nunca le mentiría, a no ser para decirle cosas buenas y consolarle, decirle, por ejemplo, que el mundo es bueno y que al final los actos malos se pagan y los buenos se recompensan y los villanos encuentran su merecido como en los tebeos del Capitán Trueno y del Jabato. Pero, aparte de pensar que estaba metiéndome en un buen lío, me gustó decir eso, primero, porque en quince segundos me había convertido en un hombre más digno, en un hombre de palabra, y segundo, porque al incluir a Sara en el grupo de mis más íntimos, un grupo en el que ni siquiera había incluido a Polo o a Santi, casi equivalía a decirle que la quería. Ella se dio cuenta de algo de eso, porque me lanzó una sonrisa como de fiera que enseña los dientes y salió corriendo. Bueno, pensar que ésa era la manera en que iba a reaccionar si yo confesaba mis sentimientos me quitó fuerzas para expresarlos durante tres o cuatro meses por lo menos, y es que de ese tipo de fuerzas no andaba muy sobrado. Tengo que hablar todavía de mil cosas más. Por ejemplo, de los hámsters y los cobayas, o de esa rata que estuvimos persiguiendo por la calle de su casa y que ella decía que era un ratón. En realidad, los hámsters no tienen nada que ver con esta historia, y además se han ido muriendo todos, uno tras otro, aunque como los vamos reponiendo seguimos teniendo uno. El cobaya se llamaba Coco, y el día siguiente a que la palmara, mi primo, que es un enano y sólo tiene cuatro años, nos dijo, muy excitado, casi trompicándose:

-¿Y cuando se murió, le visteis cómo subía al cielo?

Dije que sí, y él dijo:

-Todos los muertos son reyes.

Eso fue lo más bonito del día y de la semana, y a mí me pareció que la muerte de Coco quedaba así más justificada, y me quedé con la duda de si esa frase de los muertos y los reyes era de mi primo, o si la había escuchado a alguien mayor, pero no lo sé, porque a veces dice cosas que ya me gustaría decir a mí. Empiezo hablando de Sara y acabo hablando de un cobaya gordo y medio asesino, que lanzaba bocados y no había quien metiera la mano en la jaula, y hacía unas cacas enormes, y Sara es muy orgullosa e igual se ofendería si supiera que tiene que compartir este relato con ese animal tan sucio, pero en realidad la culpa no es mía, ni de nadie, odio a la gente que siempre está buscando una causa o un culpable, como si a veces las cosas no sucedieran porque sí, ya sabía que iba a ocurrirme algo semejante, porque al hablar de Sara me pongo nervioso, pero tendríais que conocerla, aunque desde luego no seré yo el que os la presente, porque hay una cosa que no he dicho a Sara para que no me llame celoso y cobarde y tirano, y es que a veces la encerraría bajo siete llaves y para verla habría que pedirme permiso y yo solamente dejaría que la vieran los feos de campeonato previa petición de cita con foto, y es que me aturullo y lo quiero decir todo de golpe. Antes os he dicho que mi primo es enano, pero eso es mentira. Una vez fui a su casa y él estaba en el suelo jugando, y le saludé así:

-Hola, enano.

Y entonces él miró hacia arriba, con toda su inocencia y sabiduría, y dijo:

-No soy enano, lo que pasa es que sólo tengo cuatro años.

Me estuve riendo media hora seguida. Algún día os contaré lo de las greguerías. De mi primo se pueden aprender muchas cosas, aunque sólo tenga cuatro años y esté impaciente porque le quedan dos meses para cumplir cinco.