Campos enteros llenos de flores: Ella y el pequeño Daniel


 

Iba por el cuarto martini seco cuando apareció Ella. Ella es Ella porque no me dijo su nombre y porque no he vuelto a verla. Y sin embargo, llegué incluso a imaginarme que nos casábamos. Aunque lo más probable es que de habérselo pedido, Ella hubiera dicho que no. Pero esto es adelantar acontecimientos.
Ella bajó las escaleras lentamente. Tenía una espesa melena negra.
Su torso y su cintura parecían un embudo.
Su torso, su cintura y sus caderas parecían un reloj de arena.
Su torso, su cintura, sus caderas y sus muslos parecían un violín.
Ninguno de los allí presentes éramos violinistas, pero inmediatamente todos sentimos deseos de tocar aquella música, y dejamos de pensar en nuestros asuntos.
Yo dejé de pensar en mi hijo.
No sé por qué, Ella eligió mi mesa. Supuse que se había engañado, que había creído que mi reloj era de oro. Me pidió fuego. Acerqué la llama del mechero a sus labios.
Sus labios y sus ojos, y todas esas cosas...
-¿Casado?
-Sí -dije, y por pereza no aclaré que ya no lo estaba.
-¿Hijos? -exhaló humo por la nariz.
-Uno.
Torpemente, saqué la fotografía de la cartera y se la mostré.
También yo me había dado cuenta de que me temblaban los dedos.
-Es guapo, ¿es guapa la madre?
Asentí con la cabeza.
-Lo siento. Me llaman.
Un tipo bajito y con unas espaldas como un armario le había hecho una seña.
-Enseguida vuelvo.
Me sonrió.
Apuré la copa y pedí un quinto martini seco.
Una vez una sonrisa como aquélla...
Me gustaría saber contárselo algún día a mi hijo.
Mi hijo...
A los cuatro años tenía problemas para atarse los cordones de los zapatos. Ahora tiene seis y no puede ponerse un jersey.
Dos psicólogos distintos dictaminaron lo mismo: lateralidad no definida. No está claro qué hemisferio manda en su cerebro. Pero tampoco es ambidiestro.
Antes yo no sabía que existiera una deficiencia así.
Tiene dificultades para leer.
Pero no es tonto.
Es normal en casi todo, incluso es muy inteligente en algunos aspectos.
Ella volvió, tal como había prometido.
La piel tostada de sus brazos desnudos, y todas esas cosas...
-Lo siento, es el trabajo.
-No importa.
-¿Sigues pensando en tu hijo?
-Nunca podrá abrir una lata ni descorchar una botella, aunque cumpla cuarenta años. Aunque ponga toda su buena voluntad.
Ella me sonrió con mucha ternura, como en otra ocasión, como otra hizo en otra ocasión...
-Lo siento, me llaman. ¿Por qué no pones algo de dinero en la mesa? Así podría quedarme a charlar contigo más tiempo.
Se levantó y se fue.
Saqué un billete y lo coloqué bajo el cenicero, dejando que asomara la mayor parte.
Lástima que mi hijo no pudiera desabrocharse los botones de la camisa, al principio su madre y yo creíamos que era por mimo.
Pero a eso aprenderá, dicen.
Lástima que su padre no pueda mandar más dinero a su madre.
Pero trabajaré, me partiré la cara, claro que sí, mañana mismo...
Lástima que su madre perdiera la confianza en su padre.
Y suerte que tenga la mejor madre del mundo.
Ella regresó a mi lado.
-Guarda el billete. Me gustaría no cobrar, aunque sólo sea por variar.
-¿Por qué vienes a mi mesa, entonces? Creí que era por mi reloj.
-Vale menos que el billete, ¿no?
Sentí un escalofrío. Pronto vendrían más.
-Creo que voy a irme. Quédatelo de recuerdo.
-No lo quiero.
-Por favor.
Me quité el reloj y lo puse en su mano. Estaba cansado de tantos puertos, de tantas caras cambiantes. Estaba cansado del mar y de la tierra.
-¿Dónde vas?
-No lo sé.
-No eres de aquí, ¿verdad?
Eso era evidente. Por otro lado, yo no era de ninguna parte.
-¿Qué más da eso? Aún me queda algún dinero.
-Gástalo conmigo.
-No puedo. Es por el pequeño Daniel.
-Vuelve.
Salí. En la calle, otra mujer me pidió fuego. Sin detenerme, sin mirarla, puse el mechero en sus manos, y mi actitud debió de desconcertarla, pues ni siquiera me dio las gracias.
Seguí el único camino, ése en el que no hay nada detrás y nada delante.

 

Máximo C. (hacia 1964)