Un amigo así : Primer capítulo


EL SOLDADO CARTAGINÉS

Llegué a Chamonix hace cuatro días, tiempo suficiente para establecer una rutina. Como estoy desconectado, ni llamadas ni avisos la interrumpen. Me alojo en un hotel a cuyos pies se extiende el pueblo. Más allá, al otro lado del valle, se elevan los Alpes. Tras ducharme compruebo maniáticamente que todo el equipo esté en orden. Después de desayunar vengo a este café-bar, La Terrasse. Aprovechando el tiempo soleado, me siento a una mesa exterior y dejo que corran las horas, esperando. Enfrente de mí está el monumento en honor a Horace Bénédict de Saussure. Siempre estamos localizables, a todas horas y para todo el mundo, especialmente para las autoridades. Sólo Lucas sabe todavía esconderse, como si se hubiera quedado anclado a otra época, y le admiro –y también le envidio un poco– por ello. A menudo viene a mi mente el aviso que lo ha removido todo. Al conocer la noticia, se me contrajo el estómago. Como un soldado cartaginés, pensé. Salí a la calle y caminé un poco para serenarme. Me senté en un banco, frente al Círculo de Bellas Artes. La primavera estallaba en todos los árboles, en todas las plantas, en las piernas de las mujeres, y aquello que nunca había estado completamente dormido se había vuelto a despertar. Aunque en realidad, lo que me hace pasear por las tardes sin rumbo fijo como un fantasma es lo que había en el periódico. La camarera se acercará dentro de poco para preguntarme qué quiero tomar, aunque ya lo sabe. Creo que me mira con curiosidad. No es habitual que alguien se siente todas las mañanas con una mochila de montaña por toda compañía, crampones, piolet y cantimplora incluidos, como si fuera un perro al que sacara a tomar el aire.

–What do you wanna have today, sir?

Siempre me he dirigido a ella en inglés, y decido sorprenderla.

–Ayer te oí refunfuñar en español, ¿eres española?

–A medias –no parece molesta por mi falta de tacto–. Padre francés y madre española. ¿Estás esperando el permiso?

Hace un leve gesto hacia mi mochila.

–Sí. -Mi padre dice que todo esto está muerto, que es ya como un parque temático.

–La gente mayor siempre dice que todo está muerto, ¿no te parece? –sonrío-. Una cerveza, por favor.

Y callo. Otra vez quiero estar en silencio. Otra vez siento la necesidad de que las piezas se recoloquen, de asimilarlo todo, de reconstruir aquella jornada y de entender, de salvarme del rencor y la rabia que me asaltaron cuando leí la carta. Quito el envoltorio de una chocolatina, Douceurs des Cimes. El chocolate se deshace en mi boca, y mastico los granitos de avellana que quedan al final. Cierro los ojos. Veo a José sentado en el aeropuerto de Ginebra, leyendo. Le veo, sus ojos claros repentinamente iluminados, dirigiéndose hacia Lucas, que le saluda esbozando una sonrisa… Dead man walking. Así denominan en Estados Unidos a alguien cuyo destino está ya fijado, y eso era José cuando iba al encuentro de su amigo para abrazarle, por muy lejos que ambos estuvieran de poder imaginarlo, un hombre muerto que caminaba. Porque apenas le restaban cuarenta horas de vida.