Algunas chicas son como todas: Primer capítulo


 

buzón una carta que haría bien en no leer nunca, pero ella la leerá, sé que la leerá, estoy seguro, la curiosidad será superior a su rabia, más fuerte que su recién reestrenada indiferencia, o no, tal vez indiferencia sea la palabra menos indicada para lo que seguramente ha sentido en estos últimos días, pero, ¿qué importancia tiene eso ahora? me pregunto mientras me dispongo a cumplir una promesa que en cierto modo nunca hice, pues me fue arrancada en un momento de debilidad, y que sin embargo cumpliré por encima de todo, ¿qué importancia tiene eso ahora? Y la noche de San Juan, ¿alguien podría decirme ahora, como me dijo ella entonces, que es la más corta del año? ¿Quién podría decírmelo?

Echo el humo del cigarrillo que he mangado a Carlos contra la palma de mi mano y me entretengo observando cómo se desvanece, este mes de junio ha sido el más lluvioso que recuerdo, no paró de llover, y pienso que así es Europa del Norte: continuamente jarreando. Ellos tienen bosques, y todo es verde, pero, ¿qué es mejor? Nosotros tenemos sol, terrenos áridos, chicas que enseñan las piernas y los hombros, y no sé si esto es una especie de blasfemia, pero creo que ésa es la única justicia que Dios muestra: nada es del todo bueno, es importante comparar, ellos tienen verde el paisaje, pero gris el cielo, y acaba por ser triste, y mientras nadie me pruebe lo contrario, yo creeré que ésa es la justicia que Dios muestra: nada es del todo bueno, es importante comparar, ellos tienen verde el paisaje, pero gris el cielo, y acaba por ser triste, y mientras nadie me pruebe lo contrario, yo creeré que ésa es la justicia de Dios: no separar claramente el bien del mal, sino mezclarlo, repartirlo...

Siempre recordaré el día en que conocí a Raquel, además de conocerla perdí la funda de mis gafas, eso fue hace casi cinco años y yo pensé que significaba algo, Alfi nunca olvidó la primera vez que vio a Casandra, en la cubierta de un barco, fue como un fogonazo que en vez de cegarlo le hizo perder la respiración, y creo que ni él ni yo olvidamos nunca -cierto es que apenas tuvimos tiempo para ello- cómo nos conocimos, ésta es mi versión, la suya no podría ya más que imaginarla: el número 5 era un auténtico cerdo, chillaba, insultaba, agarraba y entraba duro sin preocuparse de las piernas de los demás, a los diez minutos, tras levantarme maltrecho del barro por segunda vez, ya lo tenía clasificado como protestón, pendenciero y malintencionado, así que al tercer hachazo, dolorido, furioso y con la cara llena de barro, le espeté: hijoputa, a la siguiente verás, el árbitro me sacó la tarjeta amarilla y el 5, por toda respuesta, se dio desafiante la vuelta y se puso las manos en las caderas, el torso levemente inclinado hacia delante, como para que yo pudiera tomar buena nota de su dorsal, pero el muy imbécil lo tenía completamente tapado por el barro, y quince minutos después, disputando un balón que había quedado muerto entre el área rival y el centro del campo por culpa de un charco, nuestras piernas volvieron a cruzarse violentamente, oí un crujido y los dos caímos, me quedé quieto, asustado, hasta que comprobé con alivio que los quejidos que se escuchaban nacían de la garganta del 5 y no de la mía, algunos jugadores de mi equipo comenzaron a insultarlo, pero yo sabía que no era cuento, y al día siguiente fui a visitarle, así que ya tenemos a Alfi en un hospital, con la pierna derecha en alto, escayolada hasta la ingle, y a mí abriendo la puerta, y yo creo que es importante comparar y que es mejor hablar de lluvia y minifaldas que de lágrimas y otras desgracias, sí, mejor hablar de la lluvia y no de las lágrimas, vamos a intentarlo.